COMENTARIO
Al designar David a Salomón su sucesor en el trono, la monarquía comienza a hacerse hereditaria tal como estaba dispuesto en la profecía de Natán (cfr 2 S 7,14). El mismo David establece los ritos de sucesión, por lo demás tradicionales en aquel tiempo. Entre éstos tienen especial relieve la unción con el aceite tomado de la Tienda de la Reunión (v. 39), es decir, un aceite santo, y el sentarse en el trono real. De esta forma el rey llega a serlo por la acción de Dios sobre él en el momento de la unción, aunque el «derecho» le venga en cierto modo por sucesión.
También Jesucristo, el Hijo de David, será ungido en un momento concreto de su vida en la tierra, no ya con aceite, sino con el Espíritu Santo, cuando este Espíritu, que Jesús ya poseía en plenitud, vino a «posarse» sobre Él, para que su eterna consagración mesiánica fuese revelada en el tiempo de su vida terrena (cfr Catecismo de la Iglesia Católica, n. 438). Y asimismo Jesucristo será entronizado no en un trono terreno sino en el cielo a la derecha del Padre después de su resurrección de entre los muertos, cumpliéndose en él las palabras del Salmo 2 dirigidas al rey mesiánico: «Tú eres mi Hijo, yo mismo te he engendrado» (cfr Hch 13,33; Rm 1,4).