COMENTARIO

 1 R 2,13-25 

Comienza la consolidación de Salomón en el trono eliminando a cuatro enemigos internos. A Adonías y a Abiatar por iniciativa propia; a Joab y a Semeí por encargo de David. El intento de Adonías de tomar por esposa a Abisag, que pertenecía al harén de David, significaba alimentar la aspiración al trono (cfr 2 S 3,7.13; etc.).

El autor sagrado resalta el papel de la reina madre, como la persona más influyente en las decisiones del rey, y la veneración que éste siente por ella. Este pasaje nos puede hacer evocar, por contraste, la figura de la Virgen como Reina intercesora. La madre de Salomón no alcanzó su petición; María Reina, Madre de Cristo, la alcanza siempre. La intercesión de María llevó a Jesús a realizar su primer milagro (cfr Jn 2,1-11). Y María sigue siendo la medianera de todas las gracias, pues está constantemente en presencia de su Hijo glorificado, Rey del Universo: «Convenía que la Madre virgen, por el honor debido a su Hijo, (…) penetrara luego, llena de santidad, en las mansiones celestiales, yendo de virtud en virtud y de gloria en gloria por obra del Espíritu del Señor. (…) Por esto, cuando la Virgen de las vírgenes fue llevada al cielo por el que era su Dios y su Hijo, el Rey de reyes, en medio de la alegría y exultación de los ángeles y arcángeles y de la aclamación de todos los bienaventurados, entonces se cumplió la profecía del Salmista, que decía al Señor: “De pie a tu derecha está la reina, enjoyada con oro de Ofir”» (S. Amadeo de Lausana, Homiliae de Maria 7).

Volver a 1 R 2,13-25