COMENTARIO
Los «lugares altos» (v. 2) eran altares levantados en campo abierto, en lo alto de algún monte o colina, y bajo algún árbol frondoso, donde los cananeos e israelitas de esta época ofrecían sacrificios a la divinidad. A partir de la reforma del rey Josías en el año 622 se prohibió formalmente este tipo de culto por el riesgo que conllevaba de unir el culto al Señor con el de los dioses locales, los baales (cfr 2 R 23,4-20).
Gabaón, a unos 10 km al noroeste de Jerusalén, pertenecía a la tribu de Benjamín (cfr Jos 18,25) y era una de las ciudades otorgadas a los levitas (cfr Jos 21,17) en la que, según el libro de las Crónicas, había quedado el Tabernáculo del desierto (cfr 1 Cro 21,29). Que Dios le hable allí a Salomón significa también que el Señor le ratifica como rey de Israel.
La petición de Salomón agrada a Dios porque está hecha con humildad (v. 7) y tiene como objeto, no cosas materiales, sino discernimiento o sabiduría para administrar justicia entre el pueblo (vv. 9-14). Es así un anticipo del orden que, según la enseñanza de Cristo, ha de tener la oración de petición: «El mismo Maestro y Señor de todas las cosas enseñó y mandó lo que se ha de pedir a Dios y con qué orden debe hacerse; porque, siendo la oración la que indica y expresa nuestros deseos y peticiones, entonces pedimos debidamente y con método, cuando el orden de las peticiones sigue el orden de las cosas que deben apetecerse. Ahora bien, la verdadera caridad nos enseña que dirijamos a Dios toda nuestra vida y nuestros deseos; el cual siendo el sumo Bien, por necesidad debe ser amado con amor sumo y especial. Y no puede Dios ser amado de corazón y exclusivamente, si su gloria y honor no se prefieren a todas las cosas y criaturas; porque todos los bienes, así los nuestros como los ajenos, y en suma, todo cuanto se designa con el nombre de bien, debe estar subordinado al Bien sumo, como procedente de Él» (Catecismo Romano 4,10,1).