COMENTARIO

 1 R 6,23-30 

Los querubines, cuya forma no conocemos con exactitud, eran, al parecer, figuras aladas con cuerpo de león y cabeza humana. Representaciones semejantes se encontraban en templos asirio–babilónicos; pero en la Biblia queda claro que no se trata de divinidades sino de seres al servicio del Dios único. La Biblia no ve contradicción entre estas representaciones sensibles y la prohibición de hacer esculturas (cfr Dt 4,15-16) porque estas representaciones no llevaban peligro de idolatría, sino más bien al contrario, ayudaban al pueblo a sentir la presencia de Dios. De esta forma, «ya en el Antiguo Testamento Dios ordenó o permitió la institución de imágenes que conducirían simbólicamente a la salvación por el Verbo encarnado: la serpiente de bronce (cfr Nm 21,4-9; Sb 16,5-14; Jn 3,14-15), el Arca de la Alianza y los querubines (cfr Ex 25,10-12; 1 R 6,23-28; 7,23-26)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2130).

Llama la atención la abundancia de oro que aparece por todas partes, quizá un tanto exagerada en la descripción, pero que sirve para mostrar la generosidad de Salomón hacia el Señor, y la gloria de Dios reflejada en el Templo. La Iglesia siempre ha considerado que, igual que la belleza de la naturaleza conduce a Dios, la belleza del arte sacro debe invitar de alguna manera a la alabanza a Dios: «Entre las actividades más nobles del ingenio humano se cuentan, con razón, las bellas artes, principalmente el arte religioso y su cumbre, que es el arte sacro. Éstas, por su naturaleza, están relacionadas con la infinita belleza de Dios, que intentan expresar de alguna manera por medio de obras humanas. Y tanto más pueden dedicarse a Dios y contribuir a su alabanza y a su gloria cuanto más lejos están de todo propósito que no sea colaborar lo más posible con sus obras para orientar santamente los hombres hacia Dios. Por esta razón, la santa madre Iglesia fue siempre amiga de las bellas artes, buscó constantemente su noble servicio, principalmente para que las cosas destinadas al culto sagrado fueran en verdad dignas, decorosas y bellas, signos y símbolos de las realidades celestiales» (Conc. Vaticano II, Sacrosanctum Concilium, n. 122; cfr Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 2501-2502).

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