COMENTARIO
Terminada la construcción del edificio del Templo y preparado todo el instrumental del culto, faltaba lo más importante: que Dios lo aceptase como su morada. Es lo que se narra en esta sección, convirtiéndose así en el pasaje más importante de los libros de los Reyes. Este Templo dedicado por Salomón continúa ofreciendo la misma presencia de Dios de la que gozaron Moisés y el pueblo en el desierto (cfr Ex 25,8-9). El mismo Jesús reconoce aquel Templo como la casa de Dios (cfr Mt 21,13 y par; Jn 2,16) y aprovecha precisamente el escenario del Templo para manifestarse a los hombres. No es extraño por eso que los primeros escritores cristianos consideraran a Salomón como una figura de Cristo: «El Templo que Salomón edificó para el Señor era tipo y figura de la futura Iglesia, que es el cuerpo del Señor, tal como dice en el Evangelio: Destruid este Templo, y en tres días lo levantaré. Del mismo modo que Salomón edificó aquel Templo, se edificó también un Templo el verdadero Salomón, nuestro Señor Jesucristo, el verdadero pacífico. Porque hay que saber que el nombre de Salomón significa «Pacífico», y el verdadero pacífico es Jesucristo, de quien dice el Apóstol: Él es nuestra paz. Él ha hecho de los dos pueblos una sola cosa. Él es el verdadero pacífico que unió en su persona, constituyéndose en piedra angular, los dos muros que provenían de partes opuestas, a saber, el pueblo de los creyentes que provenían de la circuncisión, y el pueblo de los creyentes que provenían de la gentilidad incircuncisa; de ambos pueblos hizo una sola Iglesia, de la que es piedra angular, y por esto es el verdadero pacífico. Cristo es el verdadero Salomón, y aquel otro Salomón, hijo de David, engendrado de Betsabé, rey de Israel, era figura de este Rey pacífico» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 126,2).