COMENTARIO

 1 R 8,1-13 

El autor sagrado quiere resaltar la solemnidad y reverencia con que se hizo el traslado del Arca. La posibilidad de ver desde el exterior del camarín los varales, que según Ex 25,15 no debían sacarse de las anillas del Arca, confirmaba la presencia de ésta en el interior del santuario. La afirmación de que en el Arca sólo se conservaban las Tablas de la Ley sirve para presentar el hecho como continuación de lo que hiciera Moisés según Ex 25,17-21, y para resaltar la importancia de la Ley que había recibido Israel, ya que otras tradiciones recogidas en la Carta a los Hebreos (cfr Hb 9,4) hablaban de que en el Arca también se conservaba un poco de maná (cfr Ex 16,33) y la vara de Aarón (cfr Nm 17,25).

La versión de los LXX coloca la frase de Salomón del v. 13 en el v. 53 unida a otra que dice: «El Señor ha puesto el sol en los cielos», señalando la fuente de donde las ha tomado el hagiógrafo: «el libro del Canto». Según esta versión Salomón reconoce a Dios tanto en la luz del sol como en la sombra de la nube. «La nube y la luz. Estos dos símbolos son inseparables en las manifestaciones del Espíritu Santo. Desde las teofanías del Antiguo Testamento, la Nube, unas veces oscura, otras luminosa, revela al Dios vivo y salvador, tendiendo así un velo sobre la transcendencia de su Gloria: con Moisés en la montaña del Sinaí (cfr Ex 24,15-18), en la Tienda de Reunión (cfr Ex 33,9-10) y durante la marcha por el desierto (cfr Ex 40,36-38; 1 Co 10,1-2); con Salomón en la dedicación del Templo (cfr 1 R 8,10-12). Pues bien, estas figuras son cumplidas por Cristo en el Espíritu Santo. Él es quien desciende sobre la Virgen María y la cubre “con su sombra” para que ella conciba y dé a luz a Jesús (Lc 1,35). En la montaña de la Transfiguración es Él quien “vino en una nube y cubrió con su sombra” a Jesús, a Moisés y a Elías, a Pedro, Santiago y Juan, y “se oyó una voz desde la nube que decía: Éste es mi Hijo, mi Elegido, escuchadle” (Lc 9,34-35). Es, finalmente, la misma nube la que “ocultó a Jesús a los ojos” de los discípulos el día de la Ascensión (Hch 1,9), y la que lo revelará como Hijo del hombre en su Gloria el Día de su Advenimiento (cfr Lc 21,27)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 697).

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