COMENTARIO

 1 R 8,14-61 

Esta larga oración de Salomón, pieza central en el relato de la Dedicación del Templo, tiene tres partes: la primera es una bendición —acción de gracias a Dios— por haber cumplido su promesa (vv. 15-21); la segunda, una súplica en favor de los sucesores de David, de todo el pueblo e incluso de los extranjeros residentes en el país (vv. 22-53); y la tercera, una bendición al pueblo introduciendo una nueva súplica por Israel (vv. 54-61): «La oración de la Dedicación del Templo se apoya en la Promesa de Dios y su Alianza, la presencia activa de su Nombre entre su Pueblo y el recuerdo de los grandes hechos del Éxodo. El rey eleva entonces las manos al cielo y ruega al Señor por él, por todo el pueblo, por las generaciones futuras, por el perdón de sus pecados y sus necesidades diarias, para que todas las naciones sepan que Dios es el único Dios y que el corazón del pueblo le pertenece por entero a Él» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2580).

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