COMENTARIO

 1 R 8,22-53 

La oración propiamente dicha comienza proclamando la grandeza del Dios de Israel y su fidelidad en el cumplimiento de las promesas. Pero el orante, Salomón en este caso, en seguida se enfrenta al misterio de Dios: Dios es trascendente a todo como creador de cielos y tierra, y al mismo tiempo, condescendiente hasta el punto de habitar en aquel Templo. ¿Cómo es esto posible? Dios está realmente en el cielo —viene a afirmarse en la oración—, pero también, al mismo tiempo y de algún modo, en el Templo donde ha querido que «esté su nombre», es decir, Él mismo en persona. Por eso, sigue afirmando la oración, Dios escucha desde el cielo al hombre cuando éste se dirige a Él en aquel Templo.

El Templo aparece como lugar de oración más que de sacrificios, y la actitud que el hombre debe tener al acudir al Templo y a la oración es la de una verdadera y profunda conversión, el reconocimiento de su pecado como causa de las desgracias que sufre. Esta oración de Salomón refleja así la doctrina y el espíritu del libro del Deuteronomio. Entre otros aspectos doctrinales subraya que mediante la conversión el hombre encuentra la liberación de los males, porque Dios perdona siempre. Conviene resaltar esta perspectiva, pues, como escribe San Juan Pablo II, «a menudo se considera la conversión y la contrición bajo el aspecto de las innegables exigencias que ellas comportan, y de la mortificación que imponen. Pero es bueno recordar y destacar que contrición y conversión son aún más un acercamiento a la santidad de Dios, un nuevo encuentro de la propia verdad interior, turbada y trastornada por el pecado, una liberación en lo más profundo de sí mismo y, con ello, una recuperación de la alegría perdida, la alegría de ser salvados, que la mayoría de los hombres de nuestro tiempo ha dejado de gustar» (S. Juan Pablo II, Reconciliatio et paenitentia, n. 31,3).

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