COMENTARIO

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La nueva bendición con la que Salomón concluye su plegaria está en paralelismo con la del comienzo, si bien ahora expresa claramente que en ese día histórico se ha cumplido la promesa que Dios hiciera a su pueblo por medio de Moisés de concederle una tierra en la que habitara en paz. Vemos, en efecto, cómo «la revelación de la oración en la economía de la salvación enseña que la fe se apoya en la acción de Dios en la historia» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2738). El v. 58 refleja así la misma convicción expresada en el libro del Deuteronomio al decir Moisés al pueblo que «el Señor, tu Dios, circuncidará tu corazón y el de tus descendientes, para que ames al Señor, tu Dios, con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas» (Dt 30,6; cfr Sal 51,12). Siglos más tarde, y tras experimentar en su propia vida la fuerza de la gracia de Dios a través de Jesucristo, San Pablo escribirá que «Dios es quien obra en vosotros el querer y el actuar conforme a su beneplácito» (Flp 2,13). La Iglesia, apoyándose en estas enseñanzas de la Sagrada Escritura, no dudará en afirmar que «el hombre no tiene, por sí mismo, mérito ante Dios sino como consecuencia del libre designio divino de asociarlo a la obra de su gracia. El mérito pertenece a la gracia de Dios en primer lugar, y a la colaboración del hombre en segundo lugar. El mérito del hombre retorna a Dios» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2025).

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