COMENTARIO

 1 R 9,1-9 

La respuesta del Señor a la oración de Salomón no se hace esperar, y le habla de forma parecida a como lo hiciera anteriormente (cfr 3,11-14). El Señor ha escuchado. La respuesta divina se da sobre las realidades que se le han presentado: el Templo (v. 3, cfr 8,28); el trono (vv. 4-5, cfr 8,25-26); el pueblo (v. 6, cfr 8,54-61). Con esta intervención divina se da razón, en el conjunto de la historia narrada en los libros de los Reyes, del desastre del destierro de Babilonia y de la profanación del Templo por Nabucodonosor. Dios había advertido de esa posibilidad en el momento mismo en que aceptó poner su morada en el Templo edificado por Salomón. Tal es el sentido del texto en el momento de su redacción.

En el misterioso designio divino estaba que la destrucción total y la desaparición del Templo de Jerusalén coincidieran prácticamente con la aparición de la Iglesia, nuevo Templo de Dios, por ser el «cuerpo místico de Cristo». «También muchas veces a la Iglesia se la llama construcción de Dios (cfr 1 Co 3,9). El Señor mismo se comparó a la piedra que desecharon los constructores, pero que se convirtió en piedra angular (cfr Mt 21,14 par; Hch 4,11; 1 P 2,7; Sal 117,22). Los Apóstoles construyen la Iglesia sobre ese fundamento (cfr 1 Co 3,11), que le da solidez y cohesión. Esta construcción recibe diversos nombres: casa de Dios (cfr 1 Tm 3,15) en la que habita su familia, habitación de Dios en el Espíritu (cfr Ef 2,19-22), tienda de Dios con los hombres (cfr Ap 21,3) y, sobre todo, templo santo. Representado en los templos de piedra, los Padres cantan sus alabanzas, y la liturgia, con razón, lo compara a la ciudad santa, a la nueva Jerusalén. En ella, en efecto, nosotros como piedras vivas entramos en su construcción en este mundo (cfr 1 P 2,5). San Juan ve en el mundo renovado bajar del cielo, de junto a Dios, esta ciudad santa arreglada como esposa embellecida para su esposo (Ap 21,18)» (Conc. Vaticano II, Lumen gentium, n. 6).

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