COMENTARIO

 1 R 10,1-13 

Desde Etiopía, si es que allí se encontraba Sabá según la tradición (cfr Gn 10,7), o desde el suroeste de la península arábiga donde según la arqueología estaba el reino de Sabá, o incluso, y más posiblemente, desde alguna colonia al norte de Arabia y más próxima a Israel (cfr Gn 25,3; Jb 1,15), llega esta reina, famosa a partir del relato bíblico, para ver a Salomón.

Esta visita quedó en la tradición de Israel como un símbolo de lo que sucedería en tiempos futuros cuando apareciera el rey mesiánico (cfr Sal 72,10. 15), y cuando Jerusalén, renovada por Dios, recuperase el lugar que le correspondía entre las naciones (cfr Is 45,14; 60,6-7). En una perspectiva más amplia San Mateo ve todo ello cumplido en la llegada de los magos con sus regalos a adorar al niño Jesús (cfr Mt 2,11). Y el mismo Jesucristo ensalzará a aquella reina, y, recordando el largo viaje que realizó para escuchar la sabiduría de Salomón, condenará a los judíos de la generación en la que Él mismo vive, porque, estando cerca, no escucharon su enseñanza, siendo Él más que Salomón (cfr Mt 12,42; Lc 11,31), puesto que era la misma sabiduría de Dios (cfr 1 Co 1,24).

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