COMENTARIO

 1 R 11,26-40 

La rebelión de Jeroboam contra Salomón obedece a una disposición del Señor Dios de Israel. Éste, mediante el profeta Ajías, constituye a Jeroboam, que no era descendiente de Salomón, rey de las diez tribus del norte, de las que Efraím era la más importante. También en el pasado era Dios quien designaba al rey de Israel, como en el caso de Saúl (cfr 1 S 10,22-24) y de David (cfr 1 S 16,1-12). Ahora también Dios dispone quién ha de gobernar cada uno de los dos reinos, Israel y Judá, que surgen como consecuencia tanto del castigo merecido por el pecado de Salomón como de la fidelidad del Señor a su promesa. Por causa del pecado el reino se ha de quitar a la descendencia de Salomón; pero, porque Dios es fiel a su promesa a David, se ha de mantener en el trono un sucesor de David. Así surgen los dos reinos.

El gesto del profeta Ajías rompiendo su manto en doce partes lo ve San Cipriano como un símbolo que se contrapone a la unidad de la Iglesia representada en la túnica de Jesús. «Cristo llevaba sobre sí la unidad proveniente de lo alto, es decir, del cielo y del Padre; unidad que ciertamente no podría ser rasgada por nadie que la adquiriese o poseyese, sino que conservaba siempre como su carácter indivisible toda su consistencia y la firmeza estable de la unidad. No puede poseer el vestido de Cristo aquel que rompe y divide a la Iglesia de Cristo. Sucede lo contrario que a la muerte de Salomón, cuando su reino y su pueblo se dividieron. Entonces el profeta Ajías, saliendo al encuentro de Jeroboam en el campo, rasgó en doce trozos su manto, diciendo: “toma diez trozos…”. Mientras se dividían las doce tribus de Israel, el profeta Ajías rasgó su manto. Pero puesto que el pueblo de Cristo no puede ser dividido, la túnica del Señor, tejida de una sola pieza y toda unida no fue rasgada por aquellos que se disputaban su posesión: indivisa, compacta y unida, ella prefigura cuál debe ser la concordia de nuestro pueblo, después de que nos hemos sometido a Cristo. Con el misterio de la túnica y con su simbolismo, Cristo prefiguró la unidad de la Iglesia» (S. Cipriano, De unitate Ecclesiae 7).

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