COMENTARIO
Las tribus del norte, separadas ya de la casa de David, proclaman rey a Jeroboam de forma parecida a como en otro tiempo fuera proclamado Saúl, por aclamación popular (cfr 1 S 11,15). Roboam, hijo y sucesor de Salomón, acepta al fin tal hecho por deberse a una disposición divina (v. 24).
Pero más grave que la separación política es, tal como viene descrita, la separación religiosa. Aparece en el texto como una vuelta a la idolatría del becerro de oro (cfr Ex 32,1-5).
Al señalar que los sacerdotes de esos santuarios no eran levitas, el autor sagrado quiere resaltar la ilegitimidad de aquellos cultos. Lo mismo pretende al decir que Jeroboam designó como fiesta una fecha a su capricho en vez de mantener la fiesta de las Tiendas que se celebraba en Jerusalén.
En la historia de Jeroboam, el gran escritor cristiano Orígenes ve un ejemplo de aquellos que por adentrarse imprudentemente en filosofías humanas están abandonando la verdadera doctrina. Los israelitas, explica Orígenes, bajaron a Egipto y, tomando los objetos de los egipcios, inspirados en la sabiduría divina, los emplearon para honrar a Dios. Pero la Sagrada Escritura «ha querido demostrar simbólicamente que para algunos ha sido motivo de mal el haber habitado junto a los egipcios, es decir, junto a la ciencia del mundo, después de haber sido educados en la ley de Dios y en el culto que prestaban a Dios los israelitas. En efecto, Jeroboam, mientras vivió en la tierra de Israel y no gustó el pan de los egipcios, no fabricó ídolos. Pero cuando huyendo del sabio Salomón bajó a Egipto, como huyendo de la sabiduría de Dios, emparentó con el faraón (…) y aunque después volvió a la tierra de Israel, lo hizo para dividir al pueblo de Dios y obligarle a decir: “Éstos son tus dioses…”» (Orígenes, Ad Gregorium 2).