COMENTARIO

 1 R 13,11-32 

Este curioso episodio sirve para ratificar la veracidad del hombre de Dios venido de Judá. El profeta de Betel tal vez había dudado de la verdad de aquel oráculo y queriendo poner a prueba a quien lo había pronunciado, lo engañó apoyándose en las leyes de la hospitalidad. El hecho mismo de poder engañarlo parecería mostrar que aquel hombre no era un profeta. Pero su muerte imprevista se convierte en un signo evidente de que venía enviado por Dios y con un mandato divino. Esto mismo refleja el asombroso comportamiento del león. El profeta de Betel al ver lo ocurrido cambia de actitud hacia el hombre de Judá y hace suyo su mensaje; incluso se solidariza con él ordenando que al morir le entierren en el mismo sepulcro, como si previese ya proféticamente que sólo así sería respetado su cadáver cuando Josías destruyese el altar de Betel (cfr 2 R 23,16-18).

El episodio enseña las graves consecuencias que se siguen de desobedecer el mandato que uno ha recibido de parte de Dios. ¡Qué diferencia entre la actitud de este hombre y la que experimentan los santos ante la percepción de la voluntad de Dios! Se necesita, dice Santa Teresa, «una grande y muy determinada determinación de no parar hasta llegar a ella, venga lo que viniere, suceda lo que sucediere, travaje lo que se travajare, mormure quien mormurare, siquiera llegue allá, siquiera me muera en el camino» (S. Teresa de Jesús, Camino de Perfección 35,2).

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