COMENTARIO
La desgracia familiar podría haber sido motivo de arrepentimiento y conversión al Señor, pero Jeroboam quiere ocultarse a los ojos de Dios y del profeta, al tiempo que pide su ayuda. Intento inútil, pues Dios revela al profeta la verdad de la situación. La ceguera de Ajías resalta aún más la inspiración divina del profeta. La consulta del rey se convierte en ocasión de un oráculo terrible sobre el final que aguarda a la casa de Jeroboam debido a su pecado; pecado que contrasta con el beneficio que el mismo Jeroboam había recibido de Dios (cfr vv. 7-8).
Esta acción de Jeroboam y sus consecuencias muestra lo absurdo que resulta querer engañar a Dios o a sus enviados disimulando e intentando ocultar el propio pecado. El que actúa con esa falta de sinceridad, dice San Agustín, se encuentra «como el que acude a la clínica del médico, en donde debía ser curado, pero mostrando los miembros sanos y cubriendo las heridas. Que sea Dios quien vende las heridas, no tú, porque si tú avergonzándote, quieres vendarlas, no te curará el médico. Que sea el médico quien las vende y las cure, porque las cubre con medicamento. Con el vendaje del médico se curan las heridas, con el vendaje del herido se ocultan. ¿A quién las ocultas? A quien conoce todo» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 31,2,12).
El no recibir sepultura (v. 11) resalta la dureza del castigo divino, pues se consideraba como la mayor de las desgracias para un hombre.