COMENTARIO

 1 R 17,1-4 

Es posible que en Galaad, región situada en la Transjordania, se conservara la tradición religiosa de Israel con más pureza que en la Samaría dominada por Jezabel. Con la expresión técnica «en cuya presencia estoy» (v. 1), Elías se presenta como un servidor de Dios, de manera análoga a los cortesanos servidores del rey, y como su representante. El oráculo del profeta, que aparece en el texto de improviso, supone la descalificación radical del culto a Baal, dios de la lluvia, pues sólo el Dios de Israel es dueño de la naturaleza. Además, como el profeta representa a Dios, de su palabra —acorde siempre con la voluntad divina— depende que Dios actúe. Así sucederá también con los testigos de Jesucristo en el Nuevo Testamento; éstos actúan con la fuerza del Señor, y mediante su testimonio fiel pueden salir victoriosos de las contradicciones y oposiciones del mundo, como enseña el apóstol Juan, a propósito de los dos testigos, cuando recuerda este episodio de Elías (cfr Ap 11,6.12). San Juan Crisóstomo comenta que «en tiempos de Elías se abrió y se cerró el cielo, pero ello no sirvió sino para hacer descender o retener la lluvia. En cambio, ahora Dios abre el cielo para hacer subir; y no sólo para hacernos subir a nosotros, sino también —lo que es una maravilla aún mayor— para que llevéis con vosotros a los demás; tan grande es la confianza y el poder que nos da sobre todo lo que es suyo» (Homiliae in Matthaeum 12,4).

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