29Ajab, hijo de Omrí, comenzó a reinar sobre Israel el año trigésimo octavo de Asá, rey de Judá. Veintidós años reinó Ajab, hijo de Omrí, sobre Israel en Samaría. 30Ajab, hijo de Omrí, hizo el mal a los ojos del Señor más que todos sus predecesores. 31No le bastó continuar los pecados de Jeroboam, hijo de Nebat, sino que tomó por esposa a Jezabel, hija de Etbaal, rey de los sidonios; y fue y sirvió a Baal y lo adoró. 32Levantó un altar a Baal en el templo de Baal que construyó en Samaría. 33Ajab también fabricó una Aserá y siguió irritando al Señor, Dios de Israel, más que todos los reyes de Israel que le precedieron. 34En sus días, Jiel de Betel reedificó Jericó. Puso los cimientos sobre Abiram, su hijo mayor, y colocó las puertas sobre Segub, su hijo menor, según la palabra que el Señor había pronunciado por medio de Josué, hijo de Nun.
171 R1Elías, el tesbita, de Tisbé de Galaad, dijo a Ajab:
—Vive el Señor, Dios de Israel, en cuya presencia estoy, que durante estos años no habrá rocío ni lluvia, si no es por mi palabra.
2Entonces le llegó la palabra del Señor, diciéndole:
3—Vete de aquí, marcha hacia oriente y ocúltate en el torrente Querit que se encuentra al este del Jordán. 4Allí beberás del torrente. Yo ya he dado orden a los cuervos para que te alimenten en aquel lugar.
5Él fue y actuó según la palabra del Señor; se marchó y se estableció en el torrente Querit que se encuentra al este del Jordán. 6Los cuervos le traían pan y carne por la mañana, y pan y carne por la tarde; y él bebía del torrente. 7Pero sucedió que al cabo de unos días se secó el torrente porque no había llovido en el país.
8De nuevo le llegó la palabra del Señor diciéndole:
9—Levántate y vete a Sarepta, que está en Sidón, y establécete allí. Yo ya he dado orden allí a una mujer viuda para que te alimente.
10Él se levantó y se marchó a Sarepta. Entraba por la puerta de la ciudad cuando una mujer viuda recogía leña. La llamó y le dijo:
—Por favor, tráeme en un vaso un poco de agua para beber.
11Cuando ella iba a buscar el agua, él la llamó y le dijo:
—Por favor, tráeme en tus manos un trozo de pan.
12Ella contestó:
—Vive el Señor, tu Dios, que no tengo ni una hogaza: sólo un puñado de harina en el cuenco y un poco de aceite en la alcuza. Ahora estoy recogiendo un par de leños para ir a prepararlo para mi hijo y para mí. Lo comeremos y luego moriremos.
13Le dijo Elías:
—No tengas miedo. Anda, haz lo que dices; pero primero hazme a mí con eso una torta pequeña y tráemela; después vete y hazla para ti y para tu hijo. 14Porque esto ha dicho el Señor, Dios de Israel: «El cuenco de harina no quedará sin nada y la alcuza de aceite no se vaciará hasta el día en que el Señor conceda la lluvia a la superficie del suelo».
15Ella fue y actuó según la palabra de Elías, y comieron él y ella y su casa durante días. 16La harina del cuenco no se acabó ni el aceite de la alcuza se vació, según la palabra que el Señor había pronunciado por medio de Elías.
17Después de todo esto, el hijo de la viuda cayó enfermo, y su enfermedad se agravó hasta el punto de que al niño ya no le quedó aliento. 18Entonces ella le dijo a Elías:
—¿Qué tengo que ver yo contigo, hombre de Dios? ¿Has venido para recordarme mi pecado y traer la muerte a mi hijo?
19Él le contestó:
Lo tomó de su regazo, lo llevó a la habitación de arriba donde él residía y lo acostó sobre su cama. 20Después clamó al Señor y dijo:
—¡Señor, Dios mío! ¿También vas a hacer daño a la viuda que me ha dado hospedaje dejando morir a su hijo?
21Se tendió tres veces sobre el niño y clamó al Señor diciendo:
—¡Señor, Dios mío, que la vida de este niño vuelva a él!
22El Señor escuchó la voz de Elías y la vida del niño volvió de nuevo a él, y revivió. 23Elías tomó al niño y lo bajó de la habitación alta de la casa. Lo entregó a su madre y le dijo:
—Mira a tu hijo vivo.
24Respondió la mujer a Elías:
—Ahora sé que tú eres un hombre de Dios y que la palabra del Señor en tu boca es verdadera.
181 R1Pasaron muchos días, y al tercer año la palabra del Señor le llegó a Elías diciéndole:
—Vete y preséntate a Ajab porque voy a traer la lluvia sobre la superficie del suelo.
2Elías fue a presentarse a Ajab mientras el hambre arreciaba en Samaría.
3Ajab llamó a Obadías, mayordomo de palacio. Obadías era un hombre muy temeroso del Señor. 4Cuando Jezabel hizo eliminar a los profetas del Señor, Obadías tomó a cien profetas, los escondió en grupos de cincuenta hombres en dos cuevas y los alimentó con pan y agua. 5Ajab dijo a Obadías:
—Recorre el país en busca de todos los manantiales de agua y de todos los torrentes; quizá encontremos pasto y podamos conservar con vida caballos y mulos.
6Se distribuyeron el país para recorrerlo: Ajab marchó por un camino y Obadías por otro.
7Estando Obadías en el camino, se le presentó Elías. Él lo reconoció y cayendo rostro en tierra dijo:
—¿Eres tú, mi señor Elías?
8Le respondió:
—Yo en persona. Anda y dile a tu señor: «Aquí está Elías».
9Pero él replicó:
—¿En qué he pecado para que entregues a tu siervo en manos de Ajab, y me dé muerte? 10Vive el Señor, tu Dios, que no hay pueblo ni reino donde mi señor no haya mandado buscarte. Cuando decían: «No está», hacía jurar a aquel reino o pueblo que no te habían encontrado. 11Y ahora tú me ordenas: «Anda y di a tu señor: “Aquí está Elías”». 12Sucederá que al alejarme de ti, el espíritu del Señor te trasladará adonde yo no lo sepa, y cuando me presente para anunciárselo a Ajab y él no te encuentre, me matará, a pesar de que tu siervo teme al Señor desde su juventud. 13¿Es que no han contado a mi señor lo que hice cuando Jezabel mató a los profetas del Señor? ¿Cómo escondí en dos cuevas a cien hombres de entre los profetas del Señor, en grupos de cincuenta, y los alimenté con pan y agua? 14Y ahora tú me ordenas: «Anda y di a tu señor: “Aquí está Elías”». Él me matará.
15Respondió Elías:
—Vive el Señor de los ejércitos a quien sirvo, que hoy me presentaré ante él.
16Fue Obadías al encuentro de Ajab y se lo anunció. Y Ajab fue al encuentro de Elías. 17Cuando Ajab vio a Elías le dijo:
—¿Tú aquí, mal agüero de Israel?
18Él contestó:
—No traigo yo el mal agüero a Israel, sino tú y la casa de tu padre con su abandono de los preceptos del Señor, pues te has ido tras los baales. 19Ahora manda congregarse junto a mí a todo Israel en el monte Carmelo, con los cuatrocientos cincuenta profetas de Baal y los cuatrocientos profetas de Aserá que comen a la mesa de Jezabel.
20Ajab convocó a todos los israelitas y congregó a los profetas en el monte Carmelo. 21Entonces Elías se dirigió a todo el pueblo y dijo:
—¿Hasta cuándo andarán cojeando con dos muletas? Si el Señor es Dios, vayan tras Él; y si es Baal, vayan tras él.
El pueblo no le respondía ni palabra. 22Elías dijo entonces al pueblo:
—Solamente he quedado yo como profeta del Señor, mientras que los profetas de Baal son cuatrocientos cincuenta hombres. 23Tráigannos dos novillos: que ellos elijan uno, lo descuarticen y lo coloquen sobre la leña sin prenderle fuego; yo prepararé el otro, lo pondré sobre la leña y tampoco le prenderé fuego. 24Ustedes invoquen el nombre de su dios y yo invocaré el nombre del Señor. El dios que responda con el fuego, ése es el verdadero Dios.
Todo el pueblo contestó diciendo:
—La propuesta es buena.
25Entonces dijo Elías a los profetas de Baal:
—Escojan un novillo y prepárenlo ustedes primero porque son muchos; después invoquen el nombre de su Dios, pero no prendan el fuego.
26Ellos tomaron el novillo que les habían entregado, lo prepararon e invocaron el nombre de Baal desde la mañana hasta el mediodía, diciendo:
—¡Baal, respóndenos!
Pero no hubo ni una voz ni quien respondiera mientras ellos danzaban en torno al altar que habían levantado. 27Al mediodía Elías se reía de ellos y les decía:
—Griten con voz más fuerte, porque él es dios, pero quizá esté meditando, o tenga alguna necesidad, o esté de viaje, o a lo mejor está dormido y tiene que despertarse.
28Ellos gritaban con voz más fuerte y, según sus ritos, se hacían incisiones con espadas y lanzas hasta que la sangre corría por su cuerpo. 29Pasado el mediodía, entraron en trance profético hasta la llegada del sacrificio vespertino; pero no hubo ninguna voz, ni quien les respondiera ni les hiciera caso. 30Entonces dijo Elías a todo el pueblo:
—Acérquense a mí.
Todo el pueblo se le acercó y él rehizo por completo el altar del Señor que había sido derruido. 31Después Elías tomó doce piedras, conforme al número de las tribus de los hijos de Jacob, aquél a quien le llegó la palabra del Señor diciéndole: «Tu nombre será Israel». 32Con las piedras construyó un altar en honor del nombre del Señor y alrededor de él hizo una zanja como para dos medidas de simiente. 33Luego amontonó la leña, despedazó el novillo y lo colocó sobre la leña. 34Entonces dijo:
—Llenen cuatro cántaros de agua y échenla sobre el holocausto y sobre la leña.
Luego volvió a decir:
—Háganlo por segunda vez —y lo hicieron por segunda vez.
Y aún les dijo:
—Háganlo por tercera vez —y lo hicieron por tercera vez. 35El agua corrió alrededor del altar, e incluso la zanja se llenó de agua.
36Al llegar la hora del sacrificio vespertino, el profeta Elías se acercó y dijo:
—Señor, Dios de Abrahán, Isaac e Israel, muestra hoy que Tú eres Dios en Israel y que yo soy tu siervo, y he hecho todo esto por orden tuya. 37Respóndeme, Señor, respóndeme para que este pueblo reconozca que Tú eres el Señor, su Dios, y que Tú has hecho volver de nuevo su corazón.
38Entonces cayó el fuego del Señor y devoró el holocausto y la leña, las piedras y la tierra; incluso prendió el agua que había en la zanja. 39Todo el pueblo, al verlo, cayó rostro en tierra y exclamó:
—¡El Señor es el verdadero Dios! ¡El Señor es el verdadero Dios!
40Elías les ordenó:
—¡Agarren a los profetas de Baal sin que escape ninguno de ellos!
Los agarraron y Elías los mandó bajar al torrente Quisón donde les dio muerte.
—Sube a casa, come y bebe porque se oye el ruido de una lluvia torrencial.
42Ajab subió a casa a comer y a beber. Mientras tanto, Elías subió a la cumbre del Carmelo y se postró en tierra poniendo el rostro entre sus rodillas. 43Luego dijo a su criado:
—Sube y otea el mar.
Éste subió, lo oteó y dijo:
—No hay nada.
Él le dijo de nuevo:
—Vuelve siete veces.
44Y a la séptima vez anunció el criado:
—Una nubecilla pequeña como la mano de un hombre está subiendo del mar.
Entonces Elías le ordenó:
—Vete y dile a Ajab: «Engancha el carro y baja para que no te sorprenda la lluvia».
45En un momento el cielo se oscureció con nubes y viento y sobrevino una fuerte lluvia. Ajab subió al carro y marchó a Yizreel. 46La mano del Señor estuvo sobre Elías que, ciñéndose la cintura, fue corriendo delante de Ajab hasta Yizreel.
191 R1Ajab contó a Jezabel todo lo que había realizado Elías, todo lo referente a cómo había hecho morir a espada a todos los profetas de Baal. 2Entonces Jezabel envió un mensajero a Elías para decirle:
—Que los dioses me hagan esto y aquello me añadan, si mañana a estas horas no te he hecho como a cualquiera de aquéllos.
3Él, temiendo por su vida, se levantó, se marchó y llegó a Berseba de Judá donde dejó a su criado. 4Luego anduvo una jornada por el desierto y vino a sentarse debajo de una retama. Y se deseó la muerte diciendo:
—Ya es demasiado, Señor, toma mi vida pues yo no soy mejor que mis padres.
5Se echó y se quedó dormido debajo de la retama. De pronto, un ángel le tocó y le dijo:
—Levántate y come.
6Miró a su cabecera y había una torta asada y un jarro de agua. Él comió y bebió; luego se volvió a echar. 7El ángel del Señor volvió a tocarle por segunda vez y le dijo:
—Levántate y come porque te queda un camino demasiado largo.
8Se levantó, comió y bebió; y con las fuerzas de aquella comida caminó cuarenta días y cuarenta noches hasta el Horeb, el monte de Dios.
9Allí entró en una cueva donde pasó la noche. Entonces le llegó la palabra del Señor diciéndole:
—¿Qué te trae aquí Elías?
10Él respondió:
—Ardo de celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han roto tu alianza, han quebrantado tus preceptos y han hecho morir a espada a tus profetas. He quedado yo solo y me buscan para matarme.
11El ángel dijo:
—Sal y quédate en la montaña, delante del Señor.
Entonces el Señor pasó y un viento fortísimo conmovió la montaña y partió las rocas delante del Señor; pero el Señor no estaba en el viento. Detrás del viento, un terremoto; pero el Señor no estaba en el terremoto. 12Detrás del terremoto, un fuego; pero el Señor no estaba en el fuego. Detrás del fuego, un susurro de brisa suave. 13Cuando Elías lo oyó, se cubrió el rostro con el manto, salió y se detuvo a la puerta de la cueva. Entonces le llegó una voz que decía:
—¿Qué te trae aquí Elías?
14Él contestó:
—Ardo de celo por el Señor, Dios de los ejércitos, porque los israelitas han roto tu alianza, han quebrantado tus preceptos y han hecho morir a espada a tus profetas. He quedado yo solo y me buscan para matarme.
15El Señor le dijo:
—Anda, vuelve a hacer el camino a través del desierto hasta Damasco. Cuando llegues, ungirás a Jazael como rey de Siria, 16y a Jehú, hijo de Nimsí, lo ungirás como rey de Israel; y a Eliseo, hijo de Safat, de Abel–Mejolá, lo ungirás profeta sucesor tuyo. 17Y ocurrirá que al que escape de la espada de Jazael, lo matará Jehú; y al que escape de la espada de Jehú, lo matará Eliseo. 18Pero dejaré en Israel a siete mil, todos aquellos cuyas rodillas no se hayan doblado ante Baal y cuyas bocas no lo hayan besado.
19Elías se marchó de allí y encontró a Eliseo, hijo de Safat, que estaba arando con doce yuntas de bueyes por delante; él iba con la duodécima. Elías pasó junto a él y le echó el manto por encima. 20Él dejó los bueyes y corrió detrás de Elías diciendo:
—Permíteme ir a besar a mi padre y a mi madre, y te seguiré.
—Vete y luego vuelve, porque ¿qué es lo que te he hecho?
21Aquél se dio la vuelta, tomó la yunta de bueyes y la sacrificó. Con los yugos de los bueyes coció la carne y la repartió a la gente para que comieran. Después se preparó y siguió a Elías poniéndose a su servicio.
201 R1Ben–Hadad, rey de Siria, reunió a todo su ejército y, acompañado de treinta y dos reyes con caballos y carros, subió, sitió Samaría y la atacó. 2Envió emisarios a la ciudad de Ajab, rey de Israel, 3diciéndole:
—Esto dice Ben–Hadad: «Tu plata y tu oro son míos; y tus mujeres y tus mejores hijos son también míos».
4El rey de Israel respondió diciendo:
—Sea como dices, mi señor, el rey. Soy tuyo con todo lo que tengo.
5Volvieron de nuevo los emisarios y dijeron:
—Esto dice Ben–Hadad: «Puesto que mandé que te dijeran: “Me entregarás tu plata, tu oro, tus mujeres y tus hijos”, 6por eso, mañana a esta hora, te enviaré a mis siervos, que registrarán tu casa y las casas de tus siervos, y todo lo que agrade a sus ojos se lo pondrán en las manos y se lo llevarán».
7El rey de Israel convocó a todos los ancianos del país y les dijo:
—Fíjense, por favor, y miren cómo éste busca el mal: pues me pidió mis mujeres y mis hijos, mi plata y mi oro, y no se lo he negado.
8Le respondieron todos los ancianos y todo el pueblo:
—No obedezcas ni consientas.
9Entonces les dijo a los emisarios de Ben–Hadad:
—Comuniquen a mi señor, el rey: «Todo lo que pediste a tu siervo al principio lo haré; pero esto no puedo aceptarlo».
Los emisarios fueron y le transmitieron la respuesta. 10Ben–Hadad los envió de nuevo diciendo:
—Que los dioses me hagan esto y aquello me añadan, si el polvo de Samaría es suficiente para que toda la gente que me sigue tenga un puñado.
11Respondió el rey de Israel:
—Díganle: «Que no se gloríe quien se pone la armadura lo mismo que quien se la quita».
12Cuando le llegó esta respuesta, Ben–Hadad se encontraba bebiendo con los reyes en las tiendas. Entonces ordenó a sus siervos:
—¡Ataquen!
Y ellos atacaron la ciudad.
13Entonces un profeta se acercó a Ajab, rey de Israel, y le dijo:
—Esto dice el Señor: «¿Has visto esta enorme multitud? Pues yo la pongo hoy en tus manos para que sepas que Yo soy el Señor».
14Preguntó Ajab:
—¿Por medio de quién?
Le contestó:
—Esto dice el Señor: «Por medio de los jóvenes de los jefes de las provincias».
Ajab preguntó:
—¿Quién empezará la guerra?
Le respondió:
—Tú.
15Entonces alistó a los jóvenes de los jefes de las provincias que sumaban doscientos treinta y dos. Tras ellos alistó a todo el pueblo, a todos los israelitas: siete mil en total. 16Salieron a mediodía, mientras Ben–Hadad bebía borracho en las tiendas con los treinta y dos reyes aliados suyos. 17Los jóvenes de los jefes de las provincias avanzaban a la cabeza. Ben–Hadad envió a algunos que le informaron diciendo:
—Unos hombres han salido de Samaría.
18Él ordenó:
—Si han salido en son de paz aprésenlos vivos. Y si han salido en son de guerra aprésenlos igualmente vivos.
19También los jóvenes de los jefes de las provincias salieron de la ciudad junto con el ejército que les seguía. 20Cada uno mató a su enemigo. Los sirios huyeron e Israel los persiguió. Ben–Hadad, rey de Siria, escapó a caballo con los jinetes. 21El rey de Israel también salió, atacó a la caballería y a los carros e infligió a los sirios una gran derrota.
22Acercándose el profeta al rey de Israel le dijo:
—Anda y busca refuerzos. Piensa y date cuenta de lo que tienes que hacer porque a la vuelta de un año el rey de Siria subirá contra ti.
23Los siervos del rey de Siria le dijeron a éste:
—Su Dios es un Dios de las montañas, por eso nos han vencido; luchemos contra ellos en la llanura y seguro que los venceremos. 24Esto tienes que hacer: quita a cada uno de los reyes de su puesto y, en su lugar, pon príncipes; 25y tú hazte con un ejército igual en número al que has perdido, con una caballería igual a aquélla, y con tantos carros cuantos había. Entonces pelearemos contra ellos en la llanura y seguro que los venceremos.
Él escuchó sus propuestas y así actuó.
26Al cabo de un año Ben–Hadad alistó a los sirios y subió a Afec para buscar la guerra contra Israel. 27También los israelitas fueron alistados y aprovisionados, y marcharon a su encuentro. Los israelitas acamparon frente a ellos como dos pequeños rebaños de cabras, mientras que los sirios llenaban la región. 28El hombre de Dios se acercó y le dijo al rey de Israel:
—Esto dice el Señor: «Puesto que los sirios han afirmado que el Señor es Dios de las montañas, pero que no es Dios de los valles, pondré a toda esa gran multitud en tus manos y sabrán que Yo soy el Señor».
29Estuvieron acampados unos frente a otros unos siete días, y el día séptimo comenzó la guerra. Los israelitas causaron a los sirios cien mil bajas de infantería en un solo día. 30Los que quedaron huyeron a Afec, dentro de la ciudad; pero la muralla se desplomó sobre los veintisiete mil hombres restantes.
Ben–Hadad huyó y se metió en un refugio oculto en la ciudad. 31Sus siervos le dijeron:
—Mira, hemos oído que los reyes de la casa de Israel son clementes. Pongámonos sacos en la espalda y sogas en la cabeza y salgamos al encuentro del rey de Israel. Quizá te perdone la vida.
32Cubrieron sus espaldas con sacos y sus cabezas con sogas, y se presentaron al rey de Israel diciéndole:
—Tu siervo Ben–Hadad dice: «Por favor, respétame la vida».
Él contestó:
—¿Todavía vive? Él es mi hermano.
33Aquellos hombres lo entendieron como un buen augurio y, dándose prisa, le tomaron la palabra y respondieron:
—Ben–Hadad es tu hermano.
Él dijo:
—Vayan y tráiganlo.
Entonces Ben–Hadad salió a su encuentro, y él lo hizo subir a su carro. 34Ben–Hadad le dijo:
—Te devolveré las ciudades que mi padre arrebató a tu padre, y podrás establecer tus mercados en Damasco como los estableció mi padre en Samaría.
Respondió Ajab:
—Te dejaré marchar si hacemos un tratado.
Así que hizo un tratado con él y le dejó marchar.
35Entonces uno de los hijos de los profetas dijo por orden del Señor a su compañero:
—Derríbame, por favor.
Pero él se negó a derribarle.
36Aquél le dijo:
—Porque no has obedecido la voz del Señor, cuando te apartes de mí te derribará un león.
Se alejó de él y le salió al paso un león que lo derribó. 37Luego encontró a otro hombre y le dijo:
—Derríbame, por favor.
Aquél hombre lo derribó y lo hirió. 38Fue entonces el profeta y esperó al rey en el camino, disfrazado con una venda en los ojos. 39Al pasar el rey, le gritó diciendo:
—Tu siervo se dirigía al centro de la batalla mientras un individuo huía. Se me acercó un hombre y me dijo: «Custodia a este individuo. Si llega a huir, tu vida responderá por la suya o pagarás un talento de plata». 40Pero mientras tu siervo iba de un lado para otro, el otro desapareció.
El rey de Israel le respondió:
—Ésa es tu sentencia, tú mismo la has pronunciado.
41Entonces él se quitó rápidamente la venda de los ojos y el rey de Israel lo reconoció, pues era uno de los profetas. 42Y le dijo:
—Esto dice el Señor: «Porque has dejado irse de tu mano al que era mi anatema, tu vida responderá por la suya y tu pueblo por su pueblo».
43El rey de Israel se marchó a casa triste y enfadado, y llegó a Samaría.
211 R1Después de esto, sucedió lo siguiente: Nabot, el yizreelita, tenía una viña en Yizreel, situada junto al palacio de Ajab, rey de Samaría. 2Habló Ajab a Nabot proponiéndole:
—Dame tu viña para tenerla como huerto, pues está contigua a mi casa, y yo te daré a cambio otra viña mejor o, si prefieres, te pagaré su precio en plata.
3Nabot respondió a Ajab:
—Que el Señor me libre de darte la heredad de mis padres.
4Ajab volvió a su casa triste y enfadado por la respuesta que le había dado Nabot, el yizreelita, al decirle: «No te daré la heredad de mis padres». Se acostó en su cama, ocultó el rostro y no probó alimento. 5Entonces se acercó a él su mujer Jezabel y le preguntó:
—¿Qué pasa que estás abatido y te niegas a comer pan?
6Le respondió:
—Porque le he propuesto a Nabot, el yizreelita: «Dame tu viña a cambio de plata, o si prefieres, yo te daré otra viña a cambio», y él ha contestado: «No te voy a entregar mi viña».
7Le replicó su esposa Jezabel:
—Ahora tú tienes el reinado sobre Israel. Levántate, come pan y alegra tu corazón. Yo te entregaré la viña de Nabot, el yizreelita.
8Ella escribió cartas en nombre de Ajab, las selló con su sello y las envió a los ancianos y a los notables de la ciudad que vivían cerca de Nabot. 9En las cartas escribió lo siguiente: «Proclamen ayuno y hagan sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. 10Hagan sentar frente a él a dos hombres, hijos de Belial, para que testimonien diciendo: “Has maldecido a Dios y al rey”. Entonces sáquenlo, apedréenlo, y que muera».
11Sus conciudadanos, los ancianos y los notables que habitaban en su misma ciudad lo hicieron tal y como Jezabel les había mandado y según estaba escrito en las cartas que les había enviado. 12Promulgaron un ayuno e hicieron sentar a Nabot a la cabeza del pueblo. 13Llegaron los dos hombres, hijos de Belial, se sentaron frente a él, y aquellos hijos de Belial testimoniaron contra Nabot delante del pueblo diciendo:
—Nabot ha maldecido a Dios y al rey.
Entonces lo sacaron fuera de la ciudad, lo apedrearon y murió. 14Enviaron a decir a Jezabel:
—Nabot ha sido lapidado y ha muerto.
15Cuando Jezabel se enteró de que Nabot había sido lapidado y que había muerto, dijo a Ajab:
—Levántate, aprópiate de la viña de Nabot, el yizreelita, la que él se negó a darte por dinero, pues Nabot ya no vive; ha muerto.
16Al oír Ajab que había muerto Nabot, se levantó para bajar a la viña de Nabot, el yizreelita, y apropiarse de ella. 17Entonces le llegó a Elías, el tesbita, la palabra del Señor diciéndole:
18—Levántate y baja al encuentro de Ajab, rey de Israel, que está en Samaría. Se encuentra en la viña de Nabot adonde ha bajado para apropiarse de ella. 19Le hablarás de este modo: «Esto dice el Señor de los ejércitos: “¡Has asesinado y además has robado!”». Y añadirás lo siguiente: «Esto dice el Señor: “En el lugar en el que los perros han lamido la sangre de Nabot, van a lamer también tu propia sangre”».
20Ajab respondió a Elías:
—Enemigo mío, me has descubierto.
Aquél replicó:
—Te he descubierto porque te has vendido haciendo el mal a los ojos del Señor. 21Yo traeré el mal sobre ti, borraré tu posteridad y le eliminaré a Ajab cualquier varón en Israel, esclavo o libre. 22Trataré a tu casa como a la casa de Jeroboam, hijo de Nebat, y como a la casa de Basá, hijo de Ajías, por la ira que has provocado en mí, haciendo pecar a Israel. 23También para Jezabel ha hablado el Señor diciendo: «Los perros devorarán a Jezabel en el campo de Yizreel. 24A los de Ajab que mueran en la ciudad, los devorarán los perros; y a los que mueran en el campo, las aves del cielo».
25Ciertamente no hubo nadie como Ajab que se vendiera para obrar el mal a los ojos del Señor pues fue inducido por su esposa Jezabel. 26Siguiendo a los ídolos, realizó grandes abominaciones, como todas aquellas que hicieron los amorreos, a los que el Señor arrojó de la presencia de los israelitas.
27Cuando Ajab escuchó aquellas palabras rasgó sus vestiduras, se vistió de saco y ayunó; dormía con el saco y andaba abatido. 28Entonces le llegó a Elías, el tesbita, la palabra del Señor en estos términos:
29—¿Has visto cómo se ha humillado Ajab ante mí? Por haberse humillado ante mí, no traeré el mal en sus días; en los días de su hijo traeré el mal sobre su casa.
221 R1Transcurrieron tres años sin guerra entre Siria e Israel. 2Al tercer año Josafat, rey de Judá, bajó hasta el rey de Israel. 3El rey de Israel dijo a sus siervos:
—Bien saben que Ramot–Galaad nos pertenece, y nosotros no hacemos nada para recuperarla de manos del rey de Siria.
4Y le propuso a Josafat:
—¿Quieres venir conmigo contra Ramot–Galaad?
Josafat contestó al rey de Israel:
—Yo soy como si fuera tú, mi pueblo como tu pueblo, mi caballería como tu caballería.
5Y Josafat dijo al rey de Israel:
—Consulta hoy mismo la palabra del Señor.
6El rey de Israel reunió a los profetas, alrededor de cuatrocientos hombres, y les preguntó:
—¿Debo ir a la guerra contra Ramot–Galaad o debo quedarme quieto?
Le respondieron:
—Sube, el Señor la entregará en manos del rey.
7Josafat preguntó:
—¿Ya no hay aquí otro profeta del Señor por el que podamos consultarle?
8Respondió el rey de Israel a Josafat:
—Todavía queda un hombre por medio del cual podemos consultar al Señor; pero yo lo odio porque nunca me profetiza nada bueno, sino desgracias; es Miqueas, hijo de Yimlá.
Josafat le replicó:
—¡No hable así el rey!
9El rey de Israel llamó a uno de sus cortesanos y dijo:
—Haz venir con rapidez a Miqueas, hijo de Yimlá.
10El rey de Israel y Josafat, rey de Judá, estaban cada uno sentado en su trono, vestidos con el traje real, en una era junto a la puerta de Samaría, y todos los profetas pronunciaban oráculos sobre ellos. 11Sedecías, hijo de Quenaaná, se hizo unos cuernos de hierro y decía:
—Esto dice el Señor: «Con éstos cornearás a los sirios hasta matarlos».
12Del mismo modo, todos los profetas profetizaban diciendo:
—Sube a Ramot–Galaad y tendrás éxito. El Señor la entregará en manos del rey.
13El mensajero que había sido enviado a llamar a Miqueas le dijo a éste:
—Mira, las palabras de los profetas coinciden a favor del rey. Que la palabra que tú profieras coincida con la de ellos y que anuncies cosas buenas.
14Respondió Miqueas:
—Vive el Señor, que lo que el Señor me diga, eso anunciaré.
15Se presentó al rey, y éste le preguntó:
—Miqueas, ¿debemos ir a la guerra contra Ramot–Galaad, o debemos quedarnos quietos?
Él le respondió:
—Suban y tendrán éxito. El Señor la entregará en manos del rey.
16El rey le advirtió:
—¿Cuántas veces te he de conjurar para que no me digas más que la verdad en nombre del Señor?
17Entonces dijo:
— He visto a todo Israel
vagando por las montañas
como ovejas sin pastor.
Y dice el Señor:
«Éstos no tienen dueño;
vuelva en paz cada uno a su casa».
18El rey de Israel dijo entonces a Josafat:
—¿No te dije que nunca me profetiza nada bueno, sino desgracias?
19Miqueas intervino:
—Escuchen, por tanto, la palabra del Señor. He visto al Señor sentado en su trono, y a todo el ejército celestial formado junto a Él, a su derecha y a su izquierda. 20Y decía el Señor: «¿Quién engañará a Ajab para que suba y sucumba en Ramot–Galaad?». Uno contestaba de una forma y otro de otra. 21Entonces se adelantó un espíritu, se puso delante del Señor y dijo: «Yo le engañaré». El Señor preguntó: «¿Cómo?». 22Él respondió: «Iré y me convertiré en espíritu de mentira en boca de todos sus profetas». Dijo el Señor: «Lo engañarás y saldrás victorioso. Vete y hazlo». 23Ahora, pues, el Señor ha puesto un espíritu de mentira en boca de todos estos profetas tuyos, y el Señor ha pronunciado desgracias contra ti.
24Sedecías, hijo de Quenaaná, se acercó y golpeó a Miqueas en el rostro diciendo:
—¿Por qué razón el espíritu del Señor me ha dejado a mí para hablarte a ti?
25Respondió Miqueas:
—Tú mismo lo verás aquel día, cuando vayas de refugio en refugio para esconderte.
26Ordenó entonces el rey de Israel:
—Prendan a Miqueas y llévenlo a Amón, prefecto de la ciudad, y con Joás, hijo del rey. 27Les dirás: «Esto ordena el rey: “Metan a éste en la cárcel, y raciónenle el pan y el agua hasta que yo vuelva sano y salvo”».
28Respondió Miqueas:
—Si es verdad que vuelves sano y salvo, el Señor no ha hablado por mí.
Y añadió:
—¡Óiganlo, todos los pueblos!
29El rey de Israel subió con Josafat, rey de Judá, a Ramot–Galaad. 30Y dijo el rey de Israel a Josafat:
—Hay que disfrazarse para entrar en combate, pero tú lleva tus propias vestiduras.
El rey de Israel se disfrazó y entró en combate. 31El rey de Siria había dado estas órdenes a los treinta y dos jefes de sus carros: «No peleen contra pequeños ni grandes, sino sólo contra el rey de Israel». 32Cuando los jefes de los carros vieron a Josafat, se dijeron: «Ahí está el rey de Israel», y se dirigieron contra él para atacarle. Pero Josafat comenzó a gritar 33y, al ver los jefes de los carros que no era el rey de Israel, dieron media vuelta. 34Cierto individuo, en cambio, disparó el arco al azar e hirió al rey de Israel entre las junturas de la coraza. Éste dijo a su auriga:
—Alza la mano y sácame de la batalla porque estoy malherido.
35El combate arreció aquel día. El rey permaneció erguido en el carro frente a los sirios pero murió a la tarde. La sangre de la herida corrió hasta el fondo del carro. 36Al ponerse el sol, corrió por el campo el grito de: «Cada uno a su ciudad y cada uno a su país». 37El rey murió y lo llevaron a Samaría donde lo enterraron. 38El carro fue lavado en el estanque de Samaría, y los perros lamieron su sangre y las prostitutas se lavaron allí conforme a la palabra que había anunciado el Señor.
39El resto de los hechos de Ajab, y todo lo que realizó, el palacio de marfil que construyó y todas las ciudades que edificó, ¿no está todo ello escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Israel? 40Ajab descansó con sus padres y en su lugar reinó su hijo Ocozías.
41Josafat, hijo de Asá, había comenzado a reinar en el año cuarto de Ajab, rey de Israel. 42Treinta y cinco años tenía Josafat cuando comenzó a reinar, y reinó veinticinco años en Jerusalén. Su madre se llamaba Azubá, hija de Siljí. 43Siguió todos los caminos de su padre Asá sin apartarse de ellos y haciendo lo recto a los ojos del Señor. 44Sin embargo, no suprimió los lugares altos donde el pueblo aún ofrecía sacrificios y quemaba incienso. 45Josafat mantuvo la paz con el rey de Israel. 46El resto de los hechos de Josafat, el poderío que tuvo y lo que luchó, ¿no está todo escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá? 47Eliminó del país el resto de los santuarios que quedaban desde los días de su padre Asá. 48En Edom no había rey sino un prefecto real. 49Josafat había construido diez naves de Tarsis para ir a Ofir en busca de oro, pero no partieron porque quedaron destrozadas en Esión–Guéber. 50Entonces Ocozías, hijo de Ajab, propuso a Josafat:
—Que mis siervos viajen con tus siervos en las naves.
Pero Josafat no quiso. 51Josafat descansó con sus padres y fue sepultado con ellos en la ciudad de su padre David. Reinó en su lugar su hijo Joram.
52Ocozías, hijo de Ajab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría el año decimoséptimo de Josafat, rey de Judá; y reinó sobre Israel dos años. 53Hizo el mal a los ojos del Señor y siguió los caminos de su padre, de su madre y de Jeroboam, hijo de Nebat, que hizo pecar a Israel. 54Dio culto a Baal y lo adoró. Irritó al Señor, Dios de Israel, siguiendo todo lo que hizo su padre.