COMENTARIO

 1 R 18,20-40 

«El Carmelo» es una cadena montañosa que comienza junto al puerto de Haifa y desciende unos 30 km al sudeste. Su altura (casi 600 m.) y su fascinante vegetación lo hacían particularmente apto para ser lugar de culto de la religión local que en ese tiempo adoraba al dios Baal. Allí a través del fuego del sacrificio se manifiesta el verdadero y único Dios. El silencio inicial del pueblo ante la acusación de Elías contrasta con la confesión de fe que todo el pueblo proclama al final del episodio (v. 39). Esa confesión de fe del pueblo aparece aquí como el eco de la fe del profeta, testigo del Dios vivo. El nombre de Elías, «“El Señor es mi Dios”, anuncia el grito del pueblo en respuesta a su oración sobre el Monte Carmelo» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 2582).

El fuego que consume el sacrificio es figura del Espíritu Santo. En efecto, «mientras que el agua significaba el nacimiento y la fecundidad de la Vida dada en el Espíritu Santo, el fuego simboliza la energía transformadora de los actos del Espíritu Santo. El profeta Elías que “surgió (…) como el fuego y cuya palabra abrasaba como antorcha” (Si 48,1), con su oración, atrajo el fuego del cielo sobre el sacrificio del monte Carmelo (cfr 1 R 18,38-39), figura del fuego del Espíritu Santo que transforma lo que toca. Juan Bautista, “que precede al Señor con el espíritu y el poder de Elías” (Lc 1,17), anuncia a Cristo como el que “bautizará en el Espíritu Santo y el fuego” (Lc 3,16), Espíritu del cual Jesús dirá: “He venido a traer fuego sobre la tierra y ¡cuánto desearía que ya estuviese encendido!” (Lc 12,49). En la forma de lenguas “como de fuego”, el Espíritu Santo se posó sobre los discípulos la mañana de Pentecostés y los llenó de él (Hch 2,3-4). La tradición espiritual conservará este simbolismo del fuego como uno de los más expresivos de la acción del Espíritu Santo (cfr San Juan de la Cruz, Llama de amor viva). “No extingáis el Espíritu” (1 Ts 5,19)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 696).

La comparación entre el fuego del sacrificio de Elías y la acción del Espíritu Santo en el sacrificio eucarístico fue ya notada por los Padres. Pero la tipología se prolonga hacia otros aspectos: «En el sacrificio sobre el Monte Carmelo, prueba decisiva para la fe del pueblo de Dios, el fuego del Señor es la respuesta a su súplica de que se consume el holocausto (…) “a la hora de la ofrenda de la tarde”: “¡Respóndeme, Señor, respóndeme!” son las palabras de Elías que repiten exactamente las liturgias orientales en la epíclesis eucarística» (ibidem, n. 2583).

El gesto final de Elías de dar muerte a todos los falsos profetas hay que comprenderlo a la luz de su celo por el Señor, y de la mentalidad de aquella época, pues la ley mosaica prescribía tal sentencia para los profetas de las divinidades paganas con el fin de salvaguardar la pureza religiosa del pueblo (cfr Dt 13,13-19).

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