COMENTARIO
A pesar de su conducta reprobable, que el autor sagrado resume aquí interrumpiendo la narración (vv. 25-26), Ajab tiene un gesto de conversión que es reconocido y valorado por Dios. El Señor siempre aprecia la penitencia y recompensa por ella: a Ajab le concede todavía un sucesor (v. 28).
La figura de Ajab, un rey triste y humillado, contrasta con la de Nabot, un pobre avasallado pero feliz. Así los contempla San Ambrosio de Milán que comentó específicamente este pasaje en una obra titulada Sobre Nabot. El mismo santo comenta en otro lugar: «Nabot era feliz, incluso cuando era lapidado por el rico porque, aunque pobre y débil frente a la prepotencia del rey, era tan rico en sus sentimientos y en su religiosidad que no aceptó el dinero del rey a cambio de la viña heredada de sus padres, y por eso mismo se comportaba con perfección, porque a costa de su vida defendía los derechos de sus padres. En cambio Ajab era un mísero, incluso a su propio juicio, porque había hecho matar a un pobre para adueñarse de su viña» (De officiis, 2,5.17). También puede verse en Nabot una figura de Cristo, en cuanto que éste fue crucificado tras aducir contra él falsos testimonios, siendo él, el Hijo de Dios, dueño de la viña, es decir, Israel (cfr Mt 21,23).