COMENTARIO
La forma de vestir del profeta (v. 8) por la que se le reconoce será imitada por Juan Bautista (cfr Mt 3,4), y parece contrastar con la que emplean el rey y sus cortesanos. Esa sencillez del vestido de algunos profetas es signo de denuncia del lujo y del materialismo al que lleva la idolatría o falta de religión. Así lo denunciará también el Bautista (cfr Mt 11,7-8; Lc 7,24-25).
Los mensajeros del rey enviados a Baal Zebub le traen un oráculo del verdadero Dios; y los enviados más tarde para obligar al profeta —obsérvese el elevado número de soldados— a bajar del monte, al parecer, el Carmelo, no pueden cumplir su encargo. Elías baja cuando se lo dice el Señor (cfr v. 15). Ellos ordenan bajar del monte al «hombre de Dios» —expresión que en boca de los enviados está llena de ironía— y lo que baja es fuego del cielo. Este episodio es el que parece estar latente en la celosa intervención de Santiago y Juan ante la falta de acogida que le dispensó a Jesús un pueblo de samaritanos (cfr Lc 9,54-55).
La actitud humilde del último jefe militar enviado, que no ordena sino que suplica al profeta (v. 13), hace que su misión tenga éxito: «Cuando un hombre se humilla por sus defectos, entonces fácilmente aplaca a los otros y sin dificultad satisface a los que lo odian. Dios defiende y libra al humilde; al humilde ama y consuela; al hombre humilde se inclina, al humilde concede gracia, y después de su abatimiento lo levanta a gran honra» (Tomás de Kempis, Imitación de Cristo 2,2).