12 R1Tras la muerte de Ajab, Moab se rebeló contra Israel. 2Ocozías se cayó a través de las celosías de su aposento desde el piso superior de su palacio de Samaría, y quedó maltrecho. Envió mensajeros con este encargo:
—Vayan y consulten a Baal Zebub, dios de Ecrón, si sobreviviré de esta dolencia.
3Entonces el ángel del Señor habló a Elías, el tesbita:
—Levántate, sube al encuentro de los emisarios del rey de Samaría y diles: «¿Es que no hay Dios en Israel, que van a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón? 4Por tanto así dice el Señor: “Del lecho al que has subido no bajarás, sino que vas a morir”».
Y Elías subió.
5Los emisarios volvieron a Ocozías y éste les preguntó:
—¿Por qué se vuelven?
6Le respondieron:
—Un hombre ha venido a nuestro encuentro y nos ha dicho: «Vayan, vuelvan al rey que los ha enviado y díganle: “Así dice el Señor: ‘¿Es que no hay Dios en Israel que tú mandas a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón?’ Por eso, del lecho al que has subido no bajarás, sino que vas a morir”».
7Él les preguntó:
—¿Qué aspecto tenía el hombre que ha ido al encuentro de ustedes y les ha dicho eso?
8Le contestaron:
—Era un hombre con una zamarra de piel y un cinturón de cuero ceñido a la cintura.
Él exclamó:
—Era Elías, el tesbita.
9Y envió hacia él a un capitán de cincuenta, con sus cincuenta hombres, que llegó a su presencia. Él estaba sentado en la cima del monte. Aquél le dijo:
—Hombre de Dios, el rey ha ordenado que bajes.
10Respondió Elías y dijo al capitán de los cincuenta:
—Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta.
Entonces bajó fuego del cielo y le devoró, a él y a sus cincuenta. 11El rey volvió a enviar hasta él a otro capitán de cincuenta con sus cincuenta hombres, y éste le dijo:
—Hombre de Dios, esto ordena el rey: «Baja de la montaña».
12Respondió Elías y les dijo:
—Si soy hombre de Dios, que baje fuego del cielo y te devore a ti y a tus cincuenta.
Entonces bajó del cielo un fuego divino y le devoró, a él y a sus cincuenta. 13El rey volvió a enviar a otro capitán de cincuenta, el tercero, con sus cincuenta. Llegó este tercer capitán de cincuenta, se puso de rodillas ante Elías y le suplicó diciendo:
—Hombre de Dios, ten compasión de mí y de estos cincuenta siervos tuyos. 14El fuego bajado del cielo ha devorado a los dos primeros capitanes de cincuenta y a sus respectivos cincuenta; ahora ten compasión de mi vida.
15El ángel del Señor dijo a Elías:
—Baja con él, no le tengas miedo.
Elías se levanto, le acompañó hasta el rey 16y le anunció:
—Esto dice el Señor: «Porque enviaste mensajeros a consultar a Baal Zebub, dios de Ecrón —¿acaso no había Dios en Israel para consultar su palabra?—, por eso no has de bajar del lecho al que subiste, pues vas a morir».
17Murió, pues, según la palabra del Señor que había pronunciado Elías, y reinó en su lugar Joram, el año segundo de Joram, hijo de Josafat, rey de Judá, porque Ocozías no tenía hijos. 18El resto de los hechos de Ocozías, lo que hizo, ¿no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Israel?
22 R1Cuando el Señor iba a arrebatar a Elías a los cielos en un torbellino, Elías y Eliseo habían partido de Guilgal. 2Elías dijo a Eliseo:
—Quédate aquí, porque el Señor me envía a Betel.
Respondió Eliseo:
—Por vida del Señor y por tu misma vida, que no te he de abandonar.
Bajaron a Betel, 3y los discípulos de los profetas que había en Betel salieron al encuentro de Eliseo y le dijeron:
—¿Sabes que el Señor va a arrebatar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?
Contestó:
—También yo lo sé. Guarden silencio.
4Dijo de nuevo Elías a Eliseo:
—Quédate aquí, porque el Señor me envía a Jericó.
Respondió Eliseo:
—Por vida del Señor y por tu misma vida, que no te he de abandonar.
Llegaron a Jericó. 5Los discípulos de los profetas que había en Jericó se acercaron a Eliseo y le dijeron:
—¿Sabes que el Señor va a arrebatar hoy a tu amo por encima de tu cabeza?
Contestó:
—También yo lo sé. Guarden silencio.
6Le dijo otra vez Elías:
—Quédate aquí, porque el Señor me envía al Jordán.
Contestó Eliseo:
—Por vida del Señor y por tu misma vida, que no te he de abandonar.
Marcharon los dos. 7Cincuenta discípulos de los profetas marcharon también y se quedaron lejos, frente a ellos. Ellos dos se detuvieron junto al Jordán. 8Elías se quitó el manto, lo dobló y golpeó las aguas, que se separaron a un lado y a otro; y los dos pasaron por tierra seca. 9Cuando hubieron pasado dijo Elías a Eliseo:
—Pide qué he de hacer por ti antes de que sea arrebatado de tu lado.
Contestó Eliseo:
—Por favor, que yo reciba doble de tu espíritu.
10Él contestó:
—Has pedido algo muy difícil. Si me ves cuando sea arrebatado de tu lado, se te concederá; y si no, no sucederá.
11Ellos iban andando y hablando y de pronto un carro de fuego con caballos de fuego se interpuso entre ambos, y Elías fue arrebatado a los cielos en un torbellino. 12Eliseo lo veía y gritaba:
—¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!
Y ya no lo vio más. Entonces agarró sus propias vestiduras y las rasgó en dos pedazos.
13Luego recogió el manto de Elías que se le había caído a éste de encima. Volvió y se detuvo a la orilla del Jordán. 14Tomó el manto de Elías que se le había caído de encima y golpeó las aguas diciendo:
—¿Dónde está el Señor, Dios de Elías?
Entonces golpeó las aguas, que se retiraron a un lado y a otro, y Eliseo pasó.
15Cuando los discípulos de los profetas que estaban en frente, en Jericó, lo vieron, exclamaron:
—El espíritu de Elías reposa sobre Eliseo.
Vinieron a su encuentro y se postraron en tierra ante él. 16Y le dijeron:
—Mira, hay entre tus siervos cincuenta hombres valientes; deja que vayan y busquen a tu amo, no sea que el espíritu del Señor lo haya transportado y lo haya dejado en alguna montaña o en algún valle.
Él respondió:
—No los envíen.
17Pero ellos le insistieron hasta tal punto que dijo:
—Envíenlos.
Enviaron a cincuenta hombres que le buscaron durante tres días, pero no lo encontraron. 18Volvieron entonces a Eliseo, que se había quedado en Jericó, y éste les dijo:
—¿No les dije que no fueran?
19Los habitantes de la ciudad dijeron a Eliseo:
—Mira, el emplazamiento de la ciudad es bueno, como puede ver mi señor, pero las aguas son malas y la tierra se vuelve estéril.
—Tráiganme un recipiente nuevo y pongan en él sal.
Se lo llevaron, 21y él se acercó al manantial de las aguas, arrojó allí la sal y dijo:
—Así dice el Señor: «He saneado estas aguas y ya no habrá en ellas ni muerte ni esterilidad».
22Entonces quedaron saneadas las aguas hasta hoy, según la palabra que pronunció Eliseo.
23Subió desde allí a Betel, y cuando iba por el camino unos niños vinieron de la ciudad y se reían de él diciendo:
—Sube, calvo; sube, calvo.
24Él se volvió, los vio y los maldijo en el nombre del Señor. Entonces salieron del bosque dos osos y despedazaron a cuarenta y dos chicos. 25Desde allí fue al monte Carmelo, y luego volvió a Samaría.
32 R1Joram, hijo de Ajab, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría el año dieciocho de Josafat, rey de Judá, y reinó doce años. 2Hizo el mal a los ojos del Señor, pero no tanto como su padre y su madre, pues quitó la estela de Baal que había construido su padre. 3Sin embargo, persistió en los pecados con los que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel. No se apartó de ellos.
4Mesá, rey de Moab, era pastor y tributaba al rey de Israel cien mil corderos y cien mil carneros con su lana. 5A la muerte de Ajab, el rey de Moab se rebeló contra el rey de Israel. 6El rey Joram salió de Samaría aquel mismo día y pasó revista a todo Israel. 7Después mandó que dijeran a Josafat, rey de Judá:
—El rey de Moab se ha rebelado contra mí. ¿Vendrás conmigo a la guerra contra Moab?
Aquél contestó:
—Iré. Lo mío es tuyo, mi pueblo es tu pueblo y mi caballería es tu caballería.
8Y preguntó:
—¿Por qué camino subiremos?
Le contestó:
—Por el camino del desierto de Edom.
9Fueron el rey de Israel, el rey de Judá y el rey de Edom, y, tras dar un rodeo de siete días, faltó el agua para el ejército y para los animales que iban tras ellos. 10Entonces exclamó el rey de Israel:
—¡Ah!, el Señor ha convocado a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab.
11Preguntó Josafat:
—¿No hay aquí un profeta del Señor para que consultemos por él al Señor?
Uno de los siervos del rey de Israel contestó diciendo:
—Aquí está Eliseo, hijo de Safat, el que vertía el agua en las manos de Elías.
12Dijo Josafat:
—Con él está la palabra del Señor.
Y bajaron hasta él el rey de Israel, Josafat y el rey de Edom.
13Eliseo dijo al rey de Israel:
—¿Qué tengo que ver yo contigo? Anda a los profetas de tu padre y de tu madre.
Le respondió el rey de Israel:
—No es eso. ¿Es que ha congregado el Señor a estos tres reyes para entregarlos en manos de Moab?
14Respondió Eliseo:
—Vive el Señor de los ejércitos en cuya presencia estoy, que si no fuera porque tengo delante a Josafat, rey de Judá, ni te dirigiría la vista ni te miraría. 15Ahora tráiganme un tañedor.
Y sucedió que cuando el tañedor tañía, la mano del Señor tocó a Eliseo, 16el cual dijo:
—Así dice el Señor: «Hagan en este valle muchos aljibes, 17porque esto dice el Señor: “No verán viento ni lluvia, pero este valle se llenará de agua y beberán ustedes, sus ejércitos y sus animales. 18E incluso esto es poco a los ojos del Señor, que entregará a Moab en manos de ustedes. 19Destruirán todas las fortalezas y todas las ciudades importantes, talarán todos los árboles frutales y cegarán todos los manantiales de agua, y llenarán de piedras todos los campos cultivables”».
20Por la mañana, a la hora de ofrecer la oblación, llegó el agua de la parte de Edom, y la tierra quedó inundada de agua. 21Todos los moabitas, al saber que los reyes habían subido a luchar contra ellos, movilizaron a cuantos podían ceñirse la espada y los colocaron en la frontera. 22Se levantaron por la mañana, cuando brillaba el sol sobre las aguas, y los moabitas vieron de lejos las aguas rojas como sangre. 23Entonces se dijeron: «Es sangre; seguro que los reyes se han peleado entre sí y se han herido unos a otros. ¡Ahora, Moab, ve por el botín!» 24Pero cuando llegaron al campamento de Israel, se levantaron los israelitas e hirieron a los moabitas, que huyeron ante ellos; los israelitas entraron en Moab y lo devastaron. 25Destruyeron las ciudades, y cada uno arrojó una piedra sobre todo campo cultivable y los llenaron de piedras; cegaron todos los manantiales de agua y talaron todos los árboles frutales, de modo que sólo quedaron intactas las murallas de Quir–Jaréset; pero los honderos la rodearon y la demolieron.
26El rey de Moab, al ver que perdía la guerra, tomó con él setecientos hombres que luchaban a espada y se dirigió contra el rey de Edom, pero no tuvo éxito. 27Entonces tomó a su hijo primogénito, el que iba a reinar en su lugar, y lo ofreció en holocausto sobre la muralla. Una gran ira se desató sobre los israelitas, que se retiraron de allí y volvieron a su tierra.
42 R1Una de las mujeres de los discípulos de los profetas se quejó a Eliseo diciendo:
—Tu siervo, mi marido, ha muerto, y tú sabes que era temeroso del Señor. Ahora ha venido el acreedor para llevarse a mis dos hijos como esclavos.
2Eliseo le preguntó:
—¿Qué puedo hacer por ti? Dime qué tienes en casa.
Ella contestó:
—Tu sierva no tiene nada en casa, excepto una alcuza de aceite.
3Le dijo:
—Anda y pide prestadas vasijas vacías a todos los vecinos, pídeles muchas. 4Luego entra en casa, cierra la puerta quedándote tú y tus hijos dentro, echa el aceite en todas esas vasijas y vete apartando las llenas.
5Ella se marchó de su lado y cerró la puerta quedándose ella y sus hijos dentro; ellos le acercaban las vasijas y ella iba echando. 6Cuando se llenaron las vasijas, les dijo a sus hijos:
—Acérquenme aún otra vasija.
Le respondieron:
—Ya no quedan más.
Entonces se agotó el aceite.
7Ella fue y se lo contó al hombre de Dios. Éste le dijo:
—Anda, vende el aceite y paga tu deuda; tú y tus hijos vivan con lo que queda.
8Un día Eliseo pasaba por Sunem, y vivía allí una mujer importante que le porfiaba para que se quedara a comer. Desde aquel día, cuando pasaba se quedaba allí a comer.
9Dijo la mujer a su marido:
—Mira, sé que el que pasa siempre junto a nosotros es un hombre de Dios, un santo. 10Por favor, hagamos una pequeña habitación en la parte de arriba y pongamos allí una cama, una mesa, una silla y un candelabro, y así, cuando venga a nosotros, se instalará ahí.
11Un día llegó allí Eliseo, se instaló en la habitación y se acostó. 12Luego dijo a su criado Guejazí:
—Llama a esa sunamita.
Él la llamó y ella se presentó ante él. 13Eliseo ordenó a su criado:
—Dile: «Tú nos has atendido con todos estos cuidados. ¿Qué podemos hacer por ti? ¿En algo podemos hablar en tu favor al rey o al jefe del ejército?».
Ella respondió:
—Yo habito en medio de mi pueblo.
14Eliseo preguntó:
—¿Qué hacer, pues, por ella?
Respondió Guejazí:
—No tiene hijos y su marido es anciano.
15Dijo Eliseo:
—Llámala.
La llamó de nuevo y ella se detuvo en la puerta. 16Él le dijo:
—El año próximo, por este tiempo, tú abrazarás un hijo.
Ella contestó:
—No mi señor, hombre de Dios, no engañes a tu sierva.
17Pero la mujer concibió y dio a luz un hijo en aquel tiempo, es decir, al año siguiente, tal como le dijo Eliseo.
18El niño creció, y un día salió hacia donde estaba su padre con los segadores, 19y dijo a su padre:
—Mi cabeza, mi cabeza.
El padre ordenó al criado:
—Llévalo con su madre.
20Lo llevó y lo dejó con su madre; estuvo en las rodillas de ésta hasta el mediodía y luego murió. 21Ella lo subió y lo acostó sobre la cama del hombre de Dios, cerró la puerta tras él y salió. 22Luego llamó a su marido y le dijo:
—Mándame por favor un criado y un asna para ir deprisa hasta el hombre de Dios y volver.
23Le preguntó su marido:
—¿Por qué vas hoy hasta él? No es novilunio ni sábado.
Ella contestó:
—Paz.
24Hizo aparejar el asna y dijo a su criado:
—Guíame y sigue adelante; no dejes que nada me detenga durante el camino a no ser que yo te lo mande.
25Fue y llegó adonde estaba el hombre de Dios en el monte Carmelo. Cuando la vio el hombre de Dios a lo lejos, dijo a su criado Guejazí:
—Ahí está la sunamita. 26Corre enseguida a su encuentro y pregúntale si están bien ella, su marido y el niño.
Ella respondió.
—Bien.
27Y entonces, fue hasta donde estaba el hombre de Dios en la montaña y se abrazó a sus pies. Guejazí se acercó a separarla, pero el hombre de Dios le dijo:
—Déjala, pues tiene el alma angustiada, y el Señor me lo había ocultado; no me lo había comunicado.
28Dijo la mujer:
—¿Acaso pedí yo un hijo a mi señor? ¿No dije más bien: «No te burles de mí»?
29Eliseo ordenó a Guejazí:
—Cíñete la cintura, toma en tus manos mi bastón y vete. Si te encuentras con alguien no le saludes, y si alguien te saluda no le respondas. Pon mi bastón sobre el rostro del muchacho.
30Pero la madre del chico replicó:
—Por la vida del Señor y por tu misma vida, que no te dejaré.
Entonces Eliseo se levantó y se fue tras ella.
31Guejazí había ido antes que ellos y puso el bastón sobre el rostro del muchacho, pero no hubo ni voz ni movimiento. Volvió al encuentro de Eliseo y se lo comunicó diciendo:
—El muchacho no despierta.
32Eliseo entró en la casa y el muchacho estaba muerto, tendido en la cama. 33Tras entrar cerró la puerta, quedando los dos dentro, y oró al Señor. 34Luego subió al lecho y se colocó sobre el niño, poniendo su boca sobre la boca de él, sus ojos sobre los ojos de él y las palmas de sus manos sobre las de él. Se echó sobre el niño y el cuerpo de éste entró en calor. 35Después se retiró y caminó por la casa de un lado para otro, y de nuevo subió y se echó sobre el niño. Entonces el muchacho estornudó hasta siete veces y abrió los ojos. 36Eliseo llamó a Guejazí y le dijo:
—Llama a esa sunamita.
La llamó y ella vino a donde estaba Eliseo. Éste le dijo:
—Toma a tu hijo.
37Ella entró y cayó a sus pies postrándose en tierra; luego tomó a su hijo y salió.
38Cuando Eliseo volvió a Guilgal había hambre en el país. Los discípulos de los profetas vivían con él. Dijo a su criado:
—Pon la olla grande y cuece un potaje para los discípulos de los profetas.
39Alguien salió al campo a recoger hierbas; encontró una especie de vid silvestre y de ella recogió unos frutos silvestres, hasta llenar su manto. Volvió y los echó en la olla del potaje, pues no los conocía. 40Lo sirvieron a los hombres para comer, pero cuando probaron aquel potaje gritaron diciendo:
—La muerte está en la olla, hombre de Dios.
No pudieron comerlo. 41Entonces Eliseo dijo:
—Traigan harina.
La echó en la olla y ordenó:
—Sirvan a la gente y que coman.
Y ya no hubo nada malo en la olla.
42Vino un hombre de Baal–Salisá y trajo al hombre de Dios pan de las primicias, veinte panes de cebada y trigo nuevo en su alforja. Y dijo Eliseo:
—Denlo a la gente para que coma.
43Pero su administrador replicó:
—¿Qué voy a dar con esto a cien hombres?
Le respondió:
—Dáselo a la gente y que coman, porque así dice el Señor: «Coman, que sobrará».
44Él les sirvió; comieron y sobró conforme a la palabra del Señor.
52 R1Naamán, jefe del ejército del rey de Siria, era un hombre importante ante su señor, y muy respetado porque gracias a él el Señor había concedido la victoria a Siria. Este hombre, que era un valiente, padecía lepra. 2Los sirios habían realizado una incursión, y habían traído a una muchacha jovencita de tierra de Israel, que había pasado al servicio de la mujer de Naamán. 3Le dijo a su señora:
—Ojalá mi señor estuviera ante el profeta que hay en Samaría. Seguro que él lo curaría de la lepra.
4Naamán fue y se lo contó a su señor diciendo:
—Esto y aquello ha dicho la muchacha procedente de Israel.
5Contestó el rey de Siria:
—Anda, vete; yo enviaré cartas al rey de Israel.
Partió llevando consigo diez talentos de plata, seis mil siclos de oro y diez trajes. 6Llevó también la carta al rey de Israel que decía: «Al presente, cuando te llegue esta carta, te envío a Naamán, mi siervo, para que lo cures de la lepra». 7Cuando el rey de Israel leyó la carta, se rasgó las vestiduras diciendo:
—¿Acaso soy Dios para hacer morir o vivir, que éste me envía un hombre a fin de que lo cure de la lepra? Pongan atención y verán que busca un motivo contra mí.
8Eliseo, el hombre de Dios, al oír que el rey de Israel se había rasgado las vestiduras, envió a decir al rey:
—¿Por qué te rasgas las vestiduras? Que venga hasta mí y sabrá que hay un profeta en Israel.
9Llegó Naamán con sus caballos y su carruaje y se detuvo en la puerta de la casa de Eliseo. 10Eliseo le envió un mensajero a decirle:
—Vete y lávate siete veces en el Jordán y tu carne volverá a quedar sana.
11Naamán se irritó y se dispuso a marchar diciendo:
—Yo me imaginaba que a buen seguro saldría hasta mí y de pie invocaría el nombre del Señor, su Dios; pondría su mano donde está la lepra y me curaría de ella. 12¿Acaso no son los ríos de Damasco, el Amaná y el Parpar, mejores que todos los ríos de Israel, para lavarme en ellos y quedar limpio?
Dio media vuelta y se marchó con rabia. 13Pero se le acercaron sus siervos y le hablaron diciendo:
—Padre, si el profeta te hubiera mandado algo difícil, ¿no lo habrías hecho? Cuánto más si te ha dicho: «Lávate y te quedarás limpio».
14Bajó y se metió siete veces en el Jordán, conforme a la palabra del hombre de Dios, y entonces su carne se volvió como la carne de un niño, y quedó limpio.
15Volvió con todo su acompañamiento adonde estaba el hombre de Dios, entró y se detuvo ante él diciendo:
—Reconozco ciertamente que no hay otro Dios en toda la tierra sino el Dios de Israel. Ahora, por favor, recibe un regalo de tu siervo.
16Le respondió:
—Vive el Señor en cuya presencia estoy, que no lo aceptaré.
Le insistió para que lo aceptase, pero él rehusó. 17Dijo entonces Naamán:
—Pues si no, que se le conceda a tu siervo la carga de tierra de un par de mulas, pues tu siervo no ha de ofrecer holocausto ni sacrificio alguno a otros dioses, sino al Señor. 18Solamente una cosa habrá de perdonar el Señor a tu siervo: cuando mi señor entre al templo de Rimón para adorar allí, y se apoye en mi mano y yo me postre en el templo de Rimón, en mi adoración en el templo de Rimón, que el Señor se digne perdonar a tu siervo por esta acción.
19Eliseo le contestó:
—Vete en paz.
Y él se alejó una cierta distancia.
20Guejazí, el criado de Eliseo, el hombre de Dios, se dijo: «Mi señor ha sido demasiado generoso con este sirio Naamán al no aceptar de él lo que traía. Por vida del Señor que voy a correr tras él y algo recibiré de su parte». 21Salió corriendo Guejazí detrás de Naamán, y cuando Naamán vio que corría tras él, bajó del carro a su encuentro y le preguntó:
—¿Está todo bien?
22Le respondió:
—Bien está. Mi señor me ha mandado a decirte: «Ahora precisamente han llegado hasta mí dos jóvenes de la montaña de Efraím, discípulos de los profetas; dame para ellos un talento de plata y dos trajes».
23Contestó Naamán:
—Mejor, toma dos talentos.
Le insistió, ató los dos talentos de plata en dos sacos y los dos trajes y los cargó sobre dos de sus siervos que los llevaron delante de él.
24Cuando llegó Guejazí a la colina, lo tomó de manos de aquéllos y lo guardó en casa; después despidió a los hombres y éstos se marcharon. 25Él fue y se presentó a su amo. Eliseo le preguntó:
—¿De dónde vienes, Guejazí?
Él respondió:
—Tu siervo no ha ido a ningún lado.
26Le dijo:
—¿Es que no actuaba mi inteligencia cuando un hombre bajó de su carro a tu encuentro? ¿Era el momento de aceptar dinero o aceptar vestidos, olivares, viñas, ganado menor o vacuno, siervos o siervas? 27La lepra de Naamán se te pegará a ti y a tu descendencia para siempre.
Y salió de su presencia leproso, parecido a la nieve.
62 R1Los discípulos de los profetas dijeron a Eliseo:
—Mira, el sitio en que vivimos junto a ti es estrecho para nosotros. 2Vayamos hasta el Jordán, recojamos de allí cada uno un madero y hagámonos allí un sitio donde habitar.
Les respondió:
—Vayan.
3Uno le rogó:
—Anda, ven con tus siervos.
Contestó:
—Iré.
4Fue con ellos, llegaron al Jordán y empezaron a cortar maderos. 5Sucedió que a uno, al cortar su madero, se le cayó el hacha al agua, y se puso a gritar diciendo:
—Ay, mi señor, que era prestada.
6El hombre de Dios preguntó:
—¿Dónde ha caído?
Le indicaron el lugar y Eliseo cortó un palo, lo arrojó allí e hizo que flotara el hacha.
7Entonces le mandó:
—Súbela hacia ti.
Y él alargó la mano y la recogió.
8El rey de Siria estaba en guerra con Israel. Celebró un consejo con sus siervos y dijo:
—En tal lugar estará mi campamento.
9Pero el hombre de Dios envió a decir al rey de Israel:
—Guárdate de pasar por ese lugar porque los sirios están emboscados allí.
10El rey de Israel envió gente al lugar que le había dicho el hombre de Dios y del que le había prevenido que se guardase, y no una vez sino dos. 11Se inquietó el rey de Siria por este asunto, convocó a sus siervos y les dijo:
—¿No me van a informar de quién nos ha delatado al rey de Israel?
12Uno de los siervos le contestó:
—No es eso, mi señor, el rey, sino que Eliseo, el profeta que hay en Israel, comunica al rey de Israel las palabras que pronuncias en tu alcoba.
13Entonces ordenó:
—Vayan y miren dónde está. Mandaré a prenderle.
—Mira, está en Dotán.
14Entonces envió allí caballos, carros y un fuerte ejército que llegaron de noche y rodearon la ciudad. 15Se levantó a la mañana el criado del hombre de Dios, salió y he aquí que el ejército rodeaba la ciudad con caballos y carros. Le dijo a Eliseo su criado:
—Ay, mi señor, ¿qué vamos a hacer?
16Le contestó:
—No temas, porque son más los que están con nosotros que los que están con ellos.
17Entonces Eliseo oró diciendo:
—Señor, abre sus ojos para que él vea.
El Señor abrió los ojos del criado y éste vio que la montaña estaba llena de caballos y carros de fuego alrededor de Eliseo.
18Bajaron los sirios hacia él y Eliseo oró al Señor diciendo:
—Hiere a esta gente de ceguera.
El Señor los hirió de ceguera conforme a la palabra de Eliseo.
—Éste no es el camino, ni ésta la ciudad: síganme y los guiaré hasta el hombre que buscan.
Los condujo a Samaría.
20Cuando llegaron a Samaría, Eliseo exclamó:
—Señor, ábreles los ojos para que vean.
El Señor les abrió los ojos y vieron que estaban dentro de Samaría.
21El rey de Israel preguntó a Eliseo cuando los vio:
—¿Los mato, padre mío?
22Éste le contestó:
—No los mates. ¿Vas a matar a quienes has capturado con tu espada y tu arco? Sírveles pan y agua para que coman y beban, y que vuelvan a su señor.
23Les preparó un banquete y ellos comieron y bebieron. Después los despidió y regresaron a su señor. Y las bandas armadas de Siria ya no volvieron a invadir la tierra de Israel.
24Después de esto, Ben–Hadad, rey de Siria, reunió todo su ejército y subió a sitiar Samaría. 25Hubo gran hambre en Samaría mientras la sitiaban; una cabeza de asno llegó a costar ochenta siclos de plata, y el cuarto de una medida de pepitas secas, cinco. 26Sucedió que el rey de Israel pasaba por encima de la muralla, y una mujer le gritó diciendo:
—Mi señor, el rey, sálvame.
27Le respondió:
—Si no te salva el Señor, ¿con qué he de salvarte yo? ¿Con algo de la era o del lagar?
28El rey le preguntó:
—¿Qué te pasa?
Ella contestó:
—Esta mujer me dijo: «Entrega a tu hijo y nos lo comeremos hoy; al mío nos lo comeremos mañana». 29Guisamos a mi hijo y nos lo comimos. Al día siguiente le dije: «Entrega a tu hijo para que lo comamos»; pero ella ha ocultado a su hijo.
30Al oír el rey las palabras de la mujer, rasgó sus vestiduras; y, como pasaba por encima de la muralla, la gente vio que llevaba debajo el cilicio sobre su carne. 31El rey exclamó:
—Que el Señor me haga esto y aquello me añada si hoy continúa la cabeza de Eliseo, hijo de Safat, sobre sus hombros.
32Eliseo estaba sentado en su casa con los ancianos cuando el rey envió por delante a un hombre. Antes de que el mensajero llegara hasta él, dijo a los ancianos:
—¿Ven como ese hijo de asesino ha enviado a cortarme la cabeza? Miren, cuando llegue el emisario, cierren la puerta y no le dejen entrar. ¿No se siente tras él el ruido de los pies de su amo?
33Todavía estaba hablando con ellos, cuando el rey apareció ante él diciendo:
—Esta desgracia viene del Señor. ¿Qué voy a esperar ya del Señor?
—Escuchen la palabra del Señor. Esto dice el Señor: «Mañana a estas horas en la puerta de Samaría un seah de harina costará un siclo y dos seim de cebada también un siclo».
2El oficial en cuyo brazo iba apoyado el rey respondió al hombre de Dios diciendo:
—Aunque el Señor abriera compuertas en los cielos no podría cumplirse esta palabra.
Contestó Eliseo:
—Lo verás con tus ojos, pero no comerás de ello.
3Estaban cuatro leprosos a la entrada de la puerta y se dijeron unos a otros:
—¿Por qué vamos a quedarnos aquí hasta morir? 4Si decidimos entrar en la ciudad donde reina el hambre moriremos allí; y si nos quedamos aquí moriremos igualmente. Vamos, huyamos al campamento sirio; si nos auxilian viviremos, y si nos matan moriremos.
5Se levantaron al anochecer para entrar en el campamento sirio; llegaron a la línea del campamento sirio, y allí no había nadie.
6El Señor había hecho oír en el campamento sirio un ruido de carros, de caballos y de un gran ejército, de manera que se dijeron unos a otros: «El rey de Israel ha contratado contra nosotros a los reyes de los hititas y de los egipcios para que nos ataquen». 7Entonces se levantaron y huyeron al atardecer abandonando sus tiendas, sus caballos y sus asnos, dejando el campamento tal como estaba, para salvar la vida.
8Aquellos leprosos traspasaron la línea del campamento y entraron en una tienda; comieron, bebieron y se llevaron de allí plata, oro y vestidos. Fueron y lo escondieron; volvieron a entrar en otra tienda, la saquearon y fueron a esconder el botín.
9Entonces se dijeron unos a otros:
—No estamos obrando bien. Éste es un día de buenas noticias, y nosotros nos callamos; si esperamos hasta el amanecer incurriremos en falta. Vayamos ahora mismo y contémoslo en el palacio del rey.
10Llegaron y llamaron a los centinelas de la puerta de la ciudad y se lo contaron diciendo:
—Hemos estado en el campamento sirio y allí no hay nadie ni se oye a nadie; sólo hay caballos y asnos atados, y las tiendas tal como estaban.
11Los centinelas gritaron y se lo contaron a los que estaban dentro del palacio real.
12El rey se levantó de noche y dijo a sus siervos:
—Les diré lo que han tramado los sirios contra nosotros; saben que estamos hambrientos y han salido del campamento para ocultarse en el campo, pensando: «Saldrán de la ciudad; entonces los prenderemos vivos y entraremos en la ciudad».
13Respondió uno de los siervos diciendo:
—Que preparen cinco de los caballos que quedan en la ciudad porque les sucederá lo mismo que a toda la multitud de Israel que ya ha perecido; los enviaremos para ver qué pasa.
14Trajeron dos carros con caballos y el rey los envió tras el ejército sirio diciendo:
—Vayan y vean.
15Fueron tras ellos hasta el Jordán, y encontraron todo el camino lleno de ropas y de objetos que habían tirado los sirios al huir precipitadamente. Los enviados volvieron y lo contaron al rey. 16Entonces salió el pueblo y saqueó el campamento sirio, y sucedió que un seah de harina se vendía por un siclo, y dos seim de cebada también por un siclo, conforme a la palabra del Señor.
17El rey había encomendado vigilar la puerta al oficial en cuyo brazo se apoyaba, pero la gente lo pisoteó en la puerta y murió tal como había predicho el hombre de Dios, cuando el rey había bajado adonde él estaba. 18Ocurrió conforme había hablado al rey el hombre de Dios diciendo: «Mañana a estas horas en la puerta de Samaría dos seim de cebada valdrán un siclo, y un seah de harina también un siclo». 19Había sido entonces cuando el oficial había contestado al hombre de Dios: «Aunque el Señor abriera compuertas en los cielos no podría cumplirse esta palabra». Y había respondido Eliseo: «Lo verás con tus ojos, pero no comerás de ello». 20Así le sucedió en efecto: la gente lo pisoteó en la puerta y murió.
82 R1Eliseo había dicho a la mujer a cuyo hijo había resucitado:
—Levántate y vete con tu familia, emigra adonde puedas, porque el Señor ha llamado al hambre, y va a sobrevenir al país durante siete años.
2La mujer se levantó e hizo conforme le había hablado el hombre de Dios: marchó con su familia y emigró al país de los filisteos durante siete años. 3Sucedió que al terminar los siete años, la mujer volvió del país de los filisteos y fue a reclamar al rey su casa y su campo.
4El rey estaba hablando con Guejazí, el criado del hombre de Dios, y le decía:
—Cuéntame todos los prodigios que ha hecho Eliseo.
5Estaba contándole al rey que había resucitado a un muerto, cuando llegó la mujer a la que le había resucitado el hijo a reclamar al rey su casa y su campo. Guejazí exclamó:
—Mi señor, el rey. Ésta es la mujer, y ése es el hijo al que resucitó Eliseo.
6El rey le preguntó a la mujer y ella se lo contó. Entonces el rey le designó un eunuco al que ordenó:
—Devuélvanle todo lo suyo y los productos del campo desde el día que abandonó el país hasta ahora.