COMENTARIO

 2 R 3,1-12 

De nuevo se ponen de manifiesto las actitudes diferentes del rey de Israel, en este caso Joram, y del rey de Judá (Josafat). Aquél, ante la adversidad de la falta de agua, se lamenta y desespera; el rey de Judá, en cambio, recurre a consultar la palabra del Señor y reconoce a Eliseo como verdadero profeta. El episodio es así un ejemplo para que no nos rindamos ante las contrariedades y acudamos a Dios que, por nuestra oración, es capaz hasta de cambiar sus designios: «En el pasado, la oración alejaba las plagas, desvanecía los ejércitos de los enemigos, hacía cesar la lluvia. Ahora, la verdadera oración aleja la ira de Dios, implora a favor de los enemigos, suplica por los perseguidores. ¿Y qué tiene de sorprendente que pueda hacer bajar del cielo el agua del bautismo, si pudo también impetrar las lenguas de fuego? Solamente la oración vence a Dios; pero Cristo la quiso incapaz del mal y todopoderosa para el bien» (Tertuliano, De oratione 29).

Volver a 2 R 3,1-12