COMENTARIO

 2 R 4,8-37 

Eliseo aparece ahora como un profeta itinerante que sólo va acompañado por su criado y que tiene su punto de referencia en el Carmelo: son rasgos que le asemejan a Elías. La historia que recoge aquí el texto sagrado muestra, en primer lugar, cómo Dios bendice con el don de la maternidad, por la intervención del profeta, a aquella mujer sin hijos (vv. 11-17); y, en segundo lugar, cómo el profeta tiene poderes extraordinarios para resucitar al niño muerto (vv. 18-37).

Desde el punto de vista literario se trata de un relato bien construido en el que los detalles que se introducen contribuyen a intensificar su tensión dramática. Los sentimientos de la mujer, que primero recibe el don del hijo sin haberlo pedido, y que después no se resigna a perderlo, constituyen el hilo conductor que da emoción a la historia. San Juan Crisóstomo cita este pasaje para mostrar que el verdadero amor lleva a preocuparse también del bienestar material de los demás: «Así Eliseo no sólo ayudaba espiritualmente a la mujer que lo había acogido sino que intentaba recompensarla desde un punto de vista material» (S. Juan Crisóstomo, De laudibus Sancti Pauli Apostoli 3,7).

La primera parte de este relato sobre Eliseo pone de relieve la recompensa que recibe quien acoge a un profeta por ser profeta; es un preludio de la recompensa que Jesucristo anuncia que merecerá quien reciba a un apóstol por ser apóstol (cfr Mt 10,13-14).

De este pasaje se deduce ante todo, como de 1 R 17,20, el poder de la oración del profeta y de toda oración a Dios hecha con fe. Pero también aprendemos aquí que cuando Dios concede un don, por sorprendente o inesperado que sea —como el hijo a aquella mujer— da también la gracia para conservarlo y hacerlo fructificar. El Señor no nos deja abandonados después de habernos otorgado beneficios tales como las propias capacidades personales o la vocación misma, aunque no lo hubiéramos pedido antes.

La ida de Eliseo hasta donde está el niño muerto y su actuación sobre él es comparada por el mismo San Agustín y por otros Santos Padres con la Encarnación de Cristo y con su obra redentora: «Vino Eliseo y subió a la habitación, como había de venir Cristo y subir al patíbulo de la cruz. Eliseo se inclinó para resucitar al niño, Cristo se humilló a sí mismo para levantar al mundo que yacía en el pecado. Eliseo puso los ojos sobre los ojos, las manos sobre las manos. Ved, hermanos, cómo se contrajo aquel hombre adulto, para acomodarse al niño muerto. Cuanto Eliseo prefiguró en el niño, lo cumplió Cristo con todo el género humano. Escucha al apóstol: “Se humilló a sí mismo para hacerse obediente hasta la muerte”. Porque éramos niños se hizo niño; porque yacíamos muertos, ante todo, el médico se inclinó, pues nadie puede levantar al hermano postrado si no se inclina sobre él. Que el niño estornudase siete veces, significa la gracia septiforme del Espíritu Santo que se da al género humano, para que resucite, en la venida de Cristo» (Sermones atribuidos a San Agustín, Sermones 42,8).

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