COMENTARIO

 2 R 5,9-14 

La escena de la llegada del dignatario sirio a casa de Eliseo está llena de significado. Antes de alcanzar la curación de su cuerpo, Naamán ha de aprender la obediencia a la palabra del profeta. A la pomposidad con que llega Naamán se contrapone la mera palabra del criado de Eliseo; y a la esperada actuación solemne de carácter mágico, la orden de realizar unos simples baños de purificación en el Jordán. Naamán ha de entender que el profeta del Señor no es un mago ni un curandero, sino que es Dios quien le limpia al obedecer su palabra.

La curación se debe a Dios, como reconocerá Naamán, y no a una cualidad especial de aquellas aguas. Pero se requiere la obediencia probada, que en la historia de Naamán queda reflejada en la realización de siete inmersiones. Una orden similar a la de Eliseo y una obediencia semejante a la de Naamán aparecen en la curación que realiza Jesús de un ciego de nacimiento (cfr Jn 9,6-7). Con razón se ha visto en aquellos episodios una prefiguración del bautismo, sacramento en el que a través del agua y de la obediencia a la palabra de Cristo, el hombre queda limpio de la lepra del pecado y se le otorga el don de la fe: «El paso del mar Rojo por los hebreos era ya una figura del santo bautismo, ya que en él murieron los egipcios y escaparon los hebreos. Esto mismo nos enseña cada día este sacramento, a saber, que en él queda sumergido el pecado y destruido el error, y en cambio la piedad y la inocencia lo atraviesan indemnes. (…) Finalmente, aprende lo que te enseña una lectura del libro de los Reyes. Naamán era sirio y estaba leproso, sin que nadie pudiera curarlo (…), se bañó, y, al verse curado, entendió al momento que lo que purifica no es el agua sino el don de Dios. Él dudó antes de ser curado; pero tú, que ya estás curado, no debes dudar» (S. Ambrosio, De mysteriis 12,19).

Volver a 2 R 5,9-14