COMENTARIO

 2 R 9,14-26 

El escenario del encuentro, la viña de Nabot (v. 21), contribuye al recuerdo de los crímenes de Jezabel y Ajab. Arrojar el cadáver a aquel campo de modo que quede insepulto hace que se cumpla la profecía de Elías (cfr 1 R 21,17-19), y viene a ser una justificación religiosa de la acción de Jehú. Éste comienza así a cumplir la misión para la que había sido ungido (cfr vv. 6-10).

La conducta de Jehú puede sorprendernos si no tenemos en cuenta el progreso de la revelación divina. Todo aquello correspondía a una etapa en la que la erradicación de la idolatría parecía tener que imponerse mediante la desaparición de la persona idolátrica, y en la que aún se pensaba que los hijos sufrían el castigo por culpa de sus padres (cfr Dt 5,9). Aquellas muertes violentas, tanto la de Joram como las que se cuentan a continuación, reflejaban el severo juicio de Dios sobre quienes practicaban la idolatría. Estos aspectos irán siendo purificados en la misma revelación contenida en el Antiguo Testamento y, sobre todo, en el Nuevo. En efecto, los profetas posteriores proclamarán la responsabilidad personal por el pecado (cfr Jr 31,29-30; Ez 18,1-32 e incluso Dt 24,16) y que «Dios no quiere la muerte del pecador sino que se convierta y viva» (Ez 33,11). Nuestro Señor Jesucristo se mostró misericordioso con los pecadores (cfr Jn 8,3-11) y, aunque ciertamente en el Nuevo Testamento se condena la idolatría, se deja siempre al juicio de Dios el castigo de quienes la practican (cfr Rm 14,10-12).

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