7Eliseo marchó a Damasco. Ben–Hadad, rey de Siria, se encontraba enfermo y le comunicaron:
—El hombre de Dios ha venido hasta aquí.
8El rey ordenó a Jazael:
—Toma en tu mano un regalo y vete al encuentro del hombre de Dios; consulta por él al Señor preguntando si sanaré de esta enfermedad.
9Jazael fue a su encuentro llevando en su mano un regalo con lo mejor de Damasco, la carga de cuatro camellos. Llegó y se presentó ante él diciendo:
—Tu hijo Ben–Hadad, rey de Siria, me ha enviado a preguntarte: «¿Sanaré de esta enfermedad?».
10Le respondió Eliseo:
—Anda y dile: «Sanarás». Pero el Señor me ha hecho ver que morirá sin remedio.
11Entonces se le puso rígido el rostro y quedó totalmente inmóvil. Luego, el hombre de Dios rompió a llorar.
12Le preguntó Jazael:
—¿Por qué llora mi señor?
Le contestó:
—Porque he conocido el mal que harás a los hijos de Israel: incendiarás sus ciudades fortificadas y matarás a espada a sus jóvenes; estrellarás a sus niños y destriparás a sus mujeres embarazadas.
13Respondió Jazael:
—¿Qué es tu servidor, este perro, para que haga eso tan grande?
Contestó Eliseo:
—El Señor ha hecho que te vea rey de Siria.
14Partió de la presencia de Eliseo y llegó adonde estaba su señor. Éste le preguntó:
—¿Qué te ha dicho Eliseo?
Le respondió:
—Me ha dicho que sanarás.
15Al día siguiente tomó una manta, la empapó en agua y la extendió sobre el rostro del rey, que murió. Jazael reinó en su lugar.
16El año quinto de Joram, hijo de Ajab, rey de Israel, mientras Josafat era rey de Judá, comenzó a reinar Joram, hijo de Josafat, rey de Judá. 17Tenía treinta y dos años cuando empezó a reinar y reinó ocho años en Jerusalén. 18Siguió la conducta de los reyes de Israel obrando como la casa de Ajab, porque fue su esposa una hija de Ajab, e hizo lo malo a los ojos del Señor. 19Pero el Señor no quiso destruir a Judá a causa de David, su siervo, conforme le había prometido, que les concedería siempre a él y a sus hijos una lámpara.
20En aquel tiempo se levantó Edom contra el yugo de Judá y se proclamaron un rey. 21Entonces Joram pasó a Seír con todos sus carros; se lanzó de noche y batió a los idumeos que le habían cercado, y a los jefes de los carros; y la gente huyó a sus tiendas. 22Edom se alzó contra el yugo de Judá hasta el día de hoy. En aquel tiempo se alzó también Libná.
23El resto de los hechos de Joram y todo lo que realizó, ¿acaso no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá? 24Joram fue a descansar con sus padres y fue sepultado con ellos en la ciudad de David. En su lugar reinó su hijo Ocozías.
25El año duodécimo de Joram, hijo de Ajab, rey de Israel, comenzó a reinar Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá. 26Tenía Ocozías veintidós años cuando comenzó a reinar y reinó un año en Jerusalén. Su madre se llamaba Atalía y era hija de Omrí, rey de Israel. 27Siguió la conducta de la casa de Ajab e hizo el mal a los ojos del Señor como la casa de Ajab, pues había emparentado con la casa de Ajab.
28Salió con Joram, hijo de Ajab, a luchar contra Jazael, rey de Siria, en Ramot–Galaad, y los sirios hirieron a Joram. 29El rey Joram regresó para curarse en Yizreel de las heridas que le habían causado los sirios en Ramá mientras luchaba contra Jazael, rey de Siria. Ocozías, hijo de Joram, rey de Judá, bajó a Yizreel a ver a Joram, hijo de Ajab, pues éste estaba enfermo.
92 R1El profeta Eliseo llamó a uno de los discípulos de los profetas y le dijo:
—Cíñete la cintura, toma en tus manos este frasco de aceite y vete a Ramot–Galaad. 2Cuando llegues allí verás a Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí. Acércate, hazle levantarse de entre sus hermanos y llévalo a una habitación interior. 3Entonces tomarás el frasco de aceite y lo derramarás sobre su cabeza diciendo: «Esto dice el Señor: “Te he ungido como rey sobre Israel”». Después abrirás la puerta y huirás sin detenerte.
4El joven profeta fue a Ramot–Galaad, 5y entró en la ciudad. Los jefes del ejército estaban allí sentados y él exclamó:
—Tengo un mensaje para ti, jefe.
Preguntó Jehú:
—¿Para quién de entre todos nosotros?
Respondió:
—Para ti, jefe.
6Entonces Jehú se levantó y entró en la casa. El profeta derramó el aceite sobre la cabeza de Jehú y le dijo:
—Esto dice el Señor, Dios de Israel: «Te he ungido como rey sobre el pueblo del Señor, sobre Israel. 7Golpearás a la casa de tu señor Ajab, y así yo vengaré la sangre de mis siervos los profetas y la de todos los siervos del Señor, derramada por Jezabel. 8Toda la casa de Ajab perecerá; exterminaré a todos los varones de Ajab, esclavos o libres, en Israel. 9Entregaré la casa de Ajab como entregué la de Jeroboam, hijo de Nebat, y la de Basá, hijo de Ajías. 10A Jezabel la devorarán los perros en el campo de Yizreel y no habrá quien la entierre».
Después el profeta abrió la puerta y escapó.
11Jehú salió adonde estaban los siervos de su señor y éstos le preguntaron:
—¿Va todo bien? ¿Por qué ha venido a ti ese loco?
Les respondió:
—Ya conocen a ese hombre y su charlatanería.
12Ellos le dijeron:
—No es verdad. Vamos, cuéntanoslo.
Él contestó:
—Me ha contado esto y aquello diciendo: «Esto dice el Señor: “Te he ungido como rey sobre Israel”».
13Entonces ellos se apresuraron a quitarse cada uno su manto y a extenderlo a sus pies sobre los escalones de las gradas; después hicieron sonar la trompeta y gritaron:
—Jehú reina.
14Así Jehú, hijo de Josafat, hijo de Nimsí, se conjuró contra Joram. Joram con todo Israel había estado defendiendo Ramot–Galaad frente a Jazael, rey de Siria. 15El rey Joram había vuelto a Yizreel para curarse las heridas que le habían causado los sirios cuando combatía contra Jazael, rey de Siria.
—Si les parece bien, que ningún prófugo salga de la ciudad para ir a contarlo en Yizreel.
16Jehú subió al carro y partió a Yizreel porque allí guardaba cama Joram; y Ocozías, rey de Judá, había bajado a visitar a Joram. 17El centinela que estaba en la torre de Yizreel vio a la gente de Jehú que venía y gritó:
—Veo un gentío.
Joram ordenó:
—Manda a un jinete que vaya a su encuentro y pregunta: «¿Va todo bien?».
18El jinete salió a su encuentro y dijo:
—Esto pregunta el rey: «¿Hay paz?».
Respondió Jehú:
—Qué te importa a ti la paz. Ponte en mi retaguardia.
El centinela informó:
—El mensajero ha llegado hasta ellos, pero no vuelve.
19Joram envió un segundo jinete que llegó hasta ellos y dijo:
—Esto pregunta el rey: «¿Hay paz?».
Jehú le respondió:
—Qué te importa a ti la paz. Ponte en mi retaguardia.
20De nuevo informó el centinela:
—Ha llegado hasta ellos, pero no vuelve. La manera de avanzar es como la de Jehú, hijo de Nimsí, pues avanza con furia.
21Entonces ordenó Joram:
—Engancha el carro.
Engancharon los carros, y Joram, rey de Israel, y Ocozías, rey de Judá, salieron cada uno en su carro al encuentro de Jehú. Lo encontraron en el campo de Nabot, el yizreelita. 22Cuando Joram vio a Jehú, le dijo:
—¿Hay paz?
Éste respondió:
—¿Qué paz? Todavía perduran las fornicaciones de tu madre Jezabel y sus muchas hechicerías.
23Joram dio media vuelta y huyó mientras decía a Ocozías:
—Es una traición, Ocozías.
24Pero Jehú echo mano al arco e hirió a Joram entre las costillas de forma que la flecha le atravesó el corazón y quedó tendido en el carro. 25Jehú ordenó a su oficial Bidcar:
—Llévatelo y arrójalo en el campo heredad de Nabot, el yizreelita, pues recuerda que cuando tú y yo cabalgábamos juntos siguiendo a su padre Ajab, el Señor lanzó contra él este oráculo: 26«¿Acaso no vi ayer la sangre de Nabot y la de sus hijos, oráculo del Señor? Pues yo te haré pagar por este campo, oráculo del Señor». Ahora, pues, tómalo y arrójalo en el campo, según la palabra del Señor.
27Ocozías, rey de Judá, lo vio y huyó por el camino de Bet–Hagán; pero Jehú lo persiguió y ordenó:
—Hiéranle también a él.
Le hirieron sobre el carro en la cuesta de Gur que está junto a Yiblam. Pero huyó a Meguido, donde murió. 28Sus siervos lo trasladaron en carro a Jerusalén y lo enterraron en un sepulcro con sus padres, en la ciudad de David.
29Ocozías había comenzado a reinar sobre Judá el año undécimo de Joram, hijo de Ajab.
30Jehú llegó a Yizreel, y Jezabel, al enterarse, se pintó los ojos, se adornó el cabello y se asomó a la ventana. 31Cuando Jehú entraba por la puerta, ella le preguntó:
—¿Va todo bien, Zimrí, asesino de su señor?
32Jehú alzó la vista a la ventana y gritó:
—¿Quién está conmigo? ¿Quién?
Entonces dos o tres eunucos se inclinaron hacia él. 33Jehú dijo:
—Arrójenla de ahí.
La arrojaron y su sangre salpicó el muro y los caballos. Jehú pasó sobre ella. 34Comió y bebió, y después dijo:
—Encárguense de esa maldita y entiérrenla, pues era hija de rey.
35Fueron a enterrarla pero no encontraron de ella más que el cráneo, los pies y las palmas de las manos. 36Volvieron y se lo contaron a Jehú. Éste dijo:
—Es la palabra del Señor que fue pronunciada por medio de su siervo Elías, el tesbita, cuando dijo: «En la heredad de Yizreel los perros comerán la carne de Jezabel. 37El cadáver de Jezabel será como estiércol del campo en la heredad de Yizreel, para que no pueda decirse: “Ésta es Jezabel”».
102 R1Ajab tenía en Samaría setenta hijos. Jehú escribió cartas y las envió a Samaría, a los principales de Yizreel, a los ancianos y a los tutores de los hijos de Ajab. En ellas decía: 2«En el momento en que llegue a ustedes esta carta, puesto que tienen a los hijos de su señor, y también carros, caballos y una ciudad fortificada y armamento, 3elijan al mejor y más capaz de los hijos de su señor, siéntenlo en el trono de su padre y luchen por la casa de su señor». 4Entonces les entró muchísimo miedo y dijeron:
—Si los reyes no han podido hacerle frente, ¿cómo podremos resistir nosotros?
5Y el mayordomo de palacio, el gobernador de la ciudad, los ancianos y los preceptores enviaron este mensaje a Jehú: «Somos tus siervos y haremos todo lo que nos mandes. No proclamaremos rey a nadie. Haz lo que mejor te parezca».
6Jehú les escribió una segunda carta que decía: «Si están conmigo, y obedecen mi palabra, tomen las cabezas de los hijos varones de su señor y vengan hasta mí a Yizreel mañana a estas horas».
Los hijos del rey eran setenta varones y vivían con los nobles de la ciudad que les educaban. 7Al llegarles la carta apresaron a los hijos del rey y mataron a los setenta. Después pusieron sus cabezas en unos cestos y se las enviaron a Yizreel. 8El mensajero entró y le comunicó:
—Han traído las cabezas de los hijos del rey.
Jehú ordenó:
—Colóquenlas en dos montones junto a la puerta de entrada hasta mañana por la mañana.
9A la mañana siguiente salió Jehú y, quedándose de pie, dijo a todo el pueblo:
—Ustedes son inocentes; yo me he conjurado contra mi señor y le he matado, pero ¿quién ha asesinado a éstos? 10Dense cuenta ahora de que ninguna de las palabras que pronunció el Señor contra la casa de Ajab ha caído por tierra. El Señor ha cumplido lo que dijo por medio de su siervo Elías.
11Después Jehú mató a todos los supervivientes de la casa de Ajab en Yizreel, a todos los nobles, a todos sus amigos y a sus sacerdotes, hasta que no dejó ni rastro de él.
12Luego se levantó, se preparó y partió a Samaría. Estaba Jehú en Bet–Equed de los Pastores, y en el camino 13encontró a los hermanos de Ocozías, rey de Judá. Les preguntó:
—¿Quiénes son?
Le respondieron:
—Somos hermanos de Ocozías, que bajamos a saludar a los hijos del rey y a los hijos de la reina.
14Entonces ordenó:
—Aprésenlos vivos.
Los hicieron prisioneros y los degollaron junto a la balsa de Bet–Equed. Eran cuarenta y dos hombres y no quedó vivo ni uno de ellos.
15Partió de allí y encontró a Yehonadab, hijo de Recab, que venía a su encuentro. Lo bendijo y le preguntó:
—¿Es sincero tu corazón como lo es el mío con el tuyo?
Respondió Yehonadab:
—Sí que lo es.
Le dijo Jehú:
—Dame entonces la mano.
Le dio la mano y le hizo subir con él al carro. 16Le dijo:
—Ven conmigo y verás mi celo por el Señor.
Y continuaron el viaje yendo juntos en su carro.
17Llegó a Samaría y mató a todos los de Ajab que quedaban en Samaría hasta aniquilarlos, según la palabra que el Señor dirigió a Elías.
18Después Jehú convocó a todo el pueblo y le dijo:
—Ajab sirvió poco a Baal, pero Jehú le servirá mucho. 19Ahora convoquen junto a mí a todos los profetas de Baal, a todos los que le dan culto y a todos los sacerdotes sin que falte nadie, porque tengo una gran ofrenda para Baal; aquél que falte no sobrevivirá.
Jehú obraba con astucia a fin de hacer perecer a los adoradores de Baal. 20Y ordenó:
—Celebren una fiesta solemne en honor de Baal.
La convocaron, 21y Jehú envió la noticia por todo Israel. Todos los adoradores de Baal vinieron sin que hubiera ni uno que no acudiese. Entraron en el templo de Baal, que quedó totalmente lleno. 22Entonces Jehú ordenó al encargado del vestuario:
—Saca vestiduras para todos los adoradores de Baal.
Éste sacó las vestiduras. 23Jehú entró con Yehonadab, hijo de Recab, al templo de Baal y dijo a los adoradores de Baal:
—Hagan una inspección y miren que no haya aquí con ustedes adoradores del Señor, sino sólo adoradores de Baal.
24Éstos entraron a ofrecer sacrificios y holocaustos; Jehú colocó fuera ochenta hombres y les dijo:
—Si escapa alguno de los hombres que pongo en sus manos, lo pagarán con su vida.
25Cuando se terminó de ofrecer el holocausto, ordenó Jehú a los jefes y a los oficiales:
—Entren y mátenlos. Que no escape ni uno.
Los mataron a espada y los jefes y oficiales los arrastraron fuera; después entraron en el interior del templo de Baal, 26sacaron las imágenes del templo de Baal y las quemaron. 27Demolieron la imagen de Baal y su templo y lo convirtieron en letrinas hasta el día de hoy.
28Jehú extirpó de Israel a Baal. 29Sólo que no se apartó de los pecados de Jeroboam, hijo de Nebat, con los que hizo pecar a Israel, es decir, los becerros de oro que había en Betel y en Dan.
30El Señor dijo a Jehú:
—Puesto que has obrado bien haciendo lo que es recto a mis ojos, y has tratado a la casa de Ajab tal como era mi deseo, cuatro generaciones de tus hijos te sucederán en el trono de Israel.
31Pero Jehú no se preocupó de caminar según la Ley del Señor, Dios de Israel, con todo su corazón, ni se apartó de los pecados con que Jeroboam hizo pecar a Israel.
32En aquellos días el Señor comenzó a empequeñecer a Israel. Jazael venció en todas las fronteras de Israel: 33desde oriente hasta las regiones de Galaad, Gad, Rubén y Manasés, y desde Aroer, que está junto al río Arnón, a Galaad y a Basán.
34El resto de los hechos de Jehú, todo lo que realizó y todo su poder, ¿no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Israel? 35Jehú descansó con sus padres y lo enterraron en Samaría. En su lugar reinó su hijo Joacaz. 36El tiempo que reinó Jehú sobre Israel fue veintiocho años en Samaría.
112 R1Atalía, madre de Ocozías, al ver que su hijo había muerto, se dispuso a exterminar a toda la descendencia real. 2Pero Yehoseba, hija del rey Joram y hermana de Ocozías, tomó a Joás, hijo de Ocozías, y lo sustrajo, junto con su nodriza, de entre los hijos del rey a los que iban a dar muerte, llevándolo a la sala de las camas. Así fue ocultado a los ojos de Atalía, y no lo mataron. 3Estuvo seis años escondido con ella en el Templo del Señor, mientras Atalía reinaba en el país.
4Al séptimo año, Yehoyadá envió a buscar a los jefes de cien de los carios y de las guardias, les mandó venir junto a él al Templo del Señor e hizo un pacto con ellos tomándoles juramento en el Templo del Señor. Después les mostró al hijo del rey, 5y les dio instrucciones diciendo:
—Esto es lo que van a hacer: un tercio de ustedes irá el sábado a montar guardia en el palacio del rey; 6otro tercio en la puerta del sur, y el tercio restante en la puerta de detrás de las guardias. Harán guardia a la casa por turnos. 7Dos grupos de ustedes, es decir, todos los que salen el sábado, montarán guardia en el Templo del Señor alrededor del rey. 8Rodearán estrechamente al rey empuñando cada uno sus armas, y quien intente traspasar las filas, que muera. Acompañarán al rey al salir y al entrar.
9Los jefes de cien actuaron tal como ordenó el sacerdote Yehoyadá. Cada uno se llevó a sus hombres, los que entraban y salían de servicio el sábado, y vinieron adonde estaba el sacerdote Yehoyadá. 10El sacerdote entregó a los jefes de cien las lanzas y los escudos del rey David que estaban en el Templo del Señor. 11Después, empuñando cada uno sus armas, se colocaron las guardias desde el extremo derecho del Templo hasta el extremo izquierdo, frente al altar y frente al Templo, rodeando al rey. 12Entonces el sacerdote hizo salir al hijo del rey y le puso la corona y el testimonio; le proclamaron rey y le ungieron. Luego aplaudieron y gritaron:
—¡Viva el rey!
13Cuando Atalía oyó las voces de la guardia y del pueblo, se acercó a la gente que estaba en el Templo del Señor, 14y vio al rey de pie sobre el estrado, como era costumbre, y, junto a él, a los jefes y a las trompetas, y a todo el pueblo llano entusiasmado, que hacía sonar las trompetas. Atalía se rasgó las vestiduras y gritó:
—¡Traición, traición!
15Entonces el sacerdote Yehoyadá ordenó a los jefes de cien que controlaban el ejército:
—Sáquenla de entre las filas y, el que vaya tras ella, que muera a espada.
Pues dijo el sacerdote:
—Que no muera en el Templo del Señor.
16Le echaron mano y cuando era conducida por el camino de la entrada de los caballos al palacio real, allí le dieron muerte.
17Yehoyadá estableció una alianza entre el Señor, el rey y el pueblo, para que fuera pueblo del Señor, y entre el rey y el pueblo. 18Después todo el pueblo llano entró en el templo de Baal y lo destruyó. Hicieron completamente pedazos el altar y las imágenes, y mataron a Matán, sacerdote de Baal, delante de los altares. A continuación el sacerdote Yehoyadá puso guardianes ante el Templo del Señor.
19Luego se llevó a los jefes de cien, a los carios, a las patrullas de guardia y a todo el pueblo llano, y bajaron al rey desde el Templo del Señor. Lo condujeron por el camino de la puerta de los guardias al palacio real, donde él se sentó en el trono real. 20Todo el pueblo llano se alegró y la ciudad quedó tranquila. A Atalía la habían matado a espada en el palacio real.
122 R1Joás tenía siete años cuando empezó a reinar. 2Comenzó a reinar el año séptimo de Jehú, y reinó cuarenta años en Jerusalén. Su madre se llamaba Sibías y era de Berseba. 3Joás hizo lo recto a los ojos del Señor durante toda su vida, pues lo había educado el sacerdote Yehoyadá. 4Pero no desaparecieron los lugares altos, y las gentes todavía hacían sacrificios y quemaban incienso en los lugares altos. 5Joás dijo a los sacerdotes:
—Todo el dinero que sea aportado al Templo del Señor por asuntos sagrados, es decir, el dinero del transeúnte y el del pago del propio rescate, y todo el dinero que traiga alguien voluntariamente como aportación al Templo del Señor, 6lo recibirán los sacerdotes, cada cual de mano de sus conocidos, y repararán los desperfectos del Templo en todo aquello que se encuentre estropeado.
7Pero el año vigesimotercero del reinado de Joás, los sacerdotes no habían reparado los desperfectos del Templo. 8Entonces el rey Joás llamó al sacerdote Yehoyadá y a los otros sacerdotes y les dijo:
—¿Por qué no han reparado los desperfectos del Templo? Ahora no se quedarán el dinero de sus conocidos, sino que lo entregarán para los desperfectos del Templo.
9Los sacerdotes estuvieron conformes con no recibir el dinero de manos de la gente, y no reparar los desperfectos del Templo. 10El sacerdote Yehoyadá tomó un arca, abrió un agujero en la cobertura y la colocó junto al altar, a la derecha según uno entra al Templo del Señor. 11Cuando ellos veían que había mucho dinero en el arca, subía un escriba del rey con el sumo sacerdote, lo recogían y contaban el dinero que se encontraba en el Templo del Señor. 12Luego entregaban el dinero tasado a los que realizaban las obras de las reparaciones del Templo del Señor, quienes lo distribuían a los carpinteros y a los constructores que reparaban el Templo del Señor, 13a los albañiles y a los canteros, con el fin de comprar madera y piedra de sillería para arreglar los desperfectos del Templo del Señor, de manera que todo fuera destinado al Templo del Señor para reparaciones. 14Pero con el dinero que llegaba al Templo del Señor no se hacían jofainas de plata, ni cuchillos, ni trompetas, ni ningún objeto de oro o de plata del Templo del Señor, 15porque se entregaba a los que realizaban las obras y con él reparaban el Templo del Señor. 16A los hombres en cuyas manos se entregaba el dinero para darlo a los que realizaban las obras no se les pedía cuenta porque se confiaba en ellos. 17El dinero de la expiación de la culpa y el de la expiación del pecado no se entregaba al Templo del Señor, sino que era para los sacerdotes.
18En aquel tiempo Jazael, rey de Siria, subió a hacer la guerra contra Gat y la conquistó. Después se propuso subir contra Jerusalén. 19Entonces Joás, rey de Judá, tomó todos los objetos sagrados que habían consagrado sus antepasados Josafat, Joram y Ocozías, reyes de Judá, y los que él mismo había consagrado, con todo el oro que pudo encontrarse en los tesoros del Templo y del palacio real, y envió todo aquello a Jazael, rey de Siria, el cual se retiró de Jerusalén.
20El resto de los hechos de Joás y todo lo que hizo ¿no está escrito en el libro de las crónicas de los reyes de Judá? 21Sus siervos se sublevaron, tramaron una conspiración y mataron a Joás en Bet–Miló, en la bajada a Silá. 22Sus siervos Yozabad, hijo de Simat, y Yehozabad, hijo de Somer, lo hirieron y mataron. Después lo enterraron con sus padres en la ciudad de David, y en su lugar reinó su hijo Amasías.
132 R1El año vigesimotercero de Joás, hijo de Ocozías, rey de Judá, Joacaz, hijo de Jehú, comenzó a reinar sobre Israel en Samaría, y reinó diecisiete años. 2Hizo el mal a los ojos del Señor e imitó los pecados con los que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel, sin apartarse de ellos.
3Entonces se desató la ira del Señor contra Israel y los entregó en manos de Jazael, rey de Siria, y en manos de Ben–Hadad, hijo de Jazael, durante todo aquel tiempo. 4Pero Joacaz imploró ante el Señor, y el Señor lo escuchó porque vio la opresión de Israel, cómo los oprimía el rey de Siria. 5El Señor concedió a Israel un salvador y se liberaron del poder de Siria. Los israelitas habitaron en sus tiendas como en los días pasados, 6pero no se apartaron de los pecados con los que la casa de Jeroboam hizo pecar a Israel, sino que continuaron con ellos. Incluso Aserá permaneció en pie en Samaría. 7A Joacaz no le quedó ejército excepto cincuenta de caballería, diez carros y diez mil de infantería, porque lo había destruido el rey de Siria dejándolo como el polvo de la trilla.
8El resto de los hechos de Joacaz, todo lo que hizo y su poder, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel? 9Joacaz fue a descansar con sus padres y lo enterraron en Samaría. En su lugar reinó su hijo Joás.
10El año trigésimo séptimo de Joás, rey de Judá, comenzó a reinar Joás, hijo de Joacaz, sobre Israel en Samaría, y reinó dieciséis años. 11Hizo el mal a los ojos del Señor, y no se apartó de ninguno de los pecados con que Jeroboam, hijo de Nebat, hizo pecar a Israel, sino que continuó con ellos. 12El resto de los hechos de Joás, todo lo que hizo, su poder y cómo luchó contra Amasías, rey de Judá, ¿no están escritos en el libro de las crónicas de los reyes de Israel? 13Joás fue a descansar con sus padres y en su trono se sentó Jeroboam. Joás fue enterrado en Samaría junto a los reyes de Israel.
14Cuando Eliseo se sintió aquejado de la enfermedad de la que moriría, Joás, rey de Israel, bajó hasta él y rompiendo a llorar en su presencia exclamó:
—¡Padre mío, padre mío, carro y auriga de Israel!
15Eliseo le dijo:
—Toma un arco y flechas.
Él tomó el arco y las flechas. 16Eliseo volvió a decir al rey de Israel:
—Empuña el arco.
Cuando éste lo hubo empuñado, Eliseo puso sus manos sobre las manos del rey, 17y añadió:
—Abre la ventana que da a oriente.
Éste la abrió, y Eliseo dijo:
—Dispara.
El rey disparó y Eliseo exclamó:
—Es flecha de victoria para el Señor, flecha de victoria contra Siria. Herirás a Siria en Afec hasta acabar con ella.
18Eliseo dijo de nuevo:
—Toma las flechas.
El rey las tomó, y Eliseo ordenó al rey de Israel:
—Dispara al suelo.
Disparó tres veces y se detuvo.
19El hombre de Dios se indignó contra el rey y le dijo:
—De haber disparado cinco o seis veces, entonces habrías herido a Siria hasta acabar con ella. Pero así solamente herirás a Siria tres veces.
20Eliseo murió y lo enterraron.
Cada año entraban en el país hordas de Moab, 21y sucedió que unos que iban a enterrar a un hombre, vieron la horda y arrojaron a aquel hombre en el sepulcro de Eliseo, huyendo luego. Cuando el hombre tocó los huesos de Eliseo, revivió y se puso en pie.
22Jazael, rey de Siria, oprimió a Israel durante todo el tiempo de Joacaz. 23Pero el Señor tuvo piedad y se compadeció de ellos, se les volvió favorable a causa de su alianza con Abrahán, Isaac y Jacob; no quiso destruirlos ni arrojarlos de su presencia hasta este momento. 24Murió Jazael, rey de Siria, y reinó en su lugar su hijo Ben–Hadad. 25Joás, hijo de Joacaz, volvió a tomar a Ben–Hadad, hijo de Jazael, las ciudades que éste había tomado en la guerra a su padre Joacaz. Tres veces lo derrotó Joás y reconquistó las ciudades de Israel.