COMENTARIO
Con la familia de Ajab el culto a Baal se había introducido no sólo en Israel sino también en Judá al casarse el rey Joram con Atalía, de la casa de Ajab (cfr 8,25-27). Era por tanto necesaria en Judá una purificación similar a la que Jehú había llevado a cabo en el reino del Norte (cfr caps. 9-10). Es la historia que recogen estos dos capítulos que en este sentido son paralelos a los dos anteriores. Pero en Judá debía permanecer la misma familia real, la dinastía de David, según la promesa de 2 S 7,1-17. Por eso Dios guía los acontecimientos de otra forma: mediante la salvación providencial de un hijo del rey (vv. 1-3) que es ungido en el Templo (vv. 4-12) y, tras la muerte de la reina idólatra (vv. 13-16), mediante la renovación de la Alianza (vv. 17-18) y la entronización del descendiente de David (vv. 19-20).