COMENTARIO
Aunque Israel se hubiese separado de la dinastía davídica, Israel sigue siendo parte del pueblo elegido y heredero de las promesas hechas a los patriarcas. Es ésta la única vez que se hace una afirmación de este tipo sobre el reino del Norte (v. 23).
El Señor aprecia la vuelta a Él de los reyes del Norte y les concede su favor, animándoles de esa forma a una conversión sincera y constante que luego en realidad no se dio. Y es que Dios otorga los dones y es fiel a sus promesa, pero pide de nosotros fidelidad con obras: «Procuremos hacernos dignos de la bendición divina y veamos cuáles son los caminos que nos conducen a ella. Consideremos aquellas cosas que sucedieron en el principio. ¿Cómo obtuvo nuestro padre Abrahán la bendición? ¿No fue acaso porque practicó la justicia y la verdad por medio de la fe? Isaac, sabiendo lo que le esperaba, se ofreció confiada y voluntariamente al sacrificio. Jacob, en el tiempo de su desgracia, marchó de su tierra, a causa de su hermano, y llegó a casa de Labán, poniéndose a su servicio; y se le dio el cetro de las doce tribus de Israel. El que considere con cuidado cada uno de estos casos comprenderá la magnitud de los dones concedidos por Dios. (…) ¿Qué haremos, pues, hermanos? ¿Cesaremos en nuestras buenas obras y dejaremos de lado la caridad? No permita Dios tal cosa en nosotros, antes bien, con diligencia y fervor de espíritu, apresurémonos a practicar toda clase de obras buenas. (…) Démonos cuenta, por tanto, de que todos los justos estuvieron colmados de buenas obras, y de que el mismo Señor se complació en sus obras. Teniendo semejante modelo, entreguémonos con diligencia al cumplimiento de su voluntad, pongamos todo nuestro esfuerzo en practicar el bien» (S. Clemente Romano, Ad Corinthios 31-33).