COMENTARIO

 2 R 14,23-29 

El reinado de Jeroboam II fue el más largo de los reyes del Norte, y en él Israel alcanzó su mayor expansión territorial, llegando a restablecer las fronteras que tenía en los tiempos de David y Salomón. Fue una época de prosperidad. Pero el autor sagrado quiere dejar claro que no se debió a la conducta del rey, sino a la voluntad de Dios manifestada por el profeta Jonás (v. 25), y a su misericordia con el pueblo que se hallaba sumido en la desgracia (v. 26). El reinado de Jeroboam aparece como un periodo en el que Dios todavía daba al reino del Norte la oportunidad de convertirse y salvarse (v. 27). Luego llegará el momento en que no habrá remedio (cfr 17,18). Por los profetas Amós y Oseas, que ejercieron su actividad en tiempos de este rey, sabemos que se daba una religiosidad formalista y que se faltaba gravemente a la justicia. Del profeta Jonás, mencionado en el v. 25, el autor de 2 R no nos dice nada más, pero más tarde, tras la vuelta del destierro, este profeta será tomado como protagonista de una historia profética ejemplar en el libro que lleva su nombre.

La reflexión religiosa que el autor sagrado hace del reinado de Jeroboam como tiempo de la paciencia de Dios y de oportunidad para la conversión (v. 27) es aplicable también a cualquier tiempo. En efecto, «quienes anunciaron la verdad y fueron ministros de la gracia divina, cuantos desde el comienzo hasta nosotros trataron de explicar, en sus respectivos tiempos, la voluntad salvífica de Dios hacia nosotros, dicen que nada hay tan querido ni tan estimado de Dios como el que los hombres, con una verdadera penitencia, se conviertan a él» (S. Máximo Confesor, Epistolae 11).

Volver a 2 R 14,23-29