COMENTARIO

 2 R 17,7-23 

La amplitud de esta explicación contrasta con la brevedad de la descripción de la caída de Samaría. El autor sagrado quiere resaltar por qué se ha producido aquel hecho tan trágico para Israel. La causa ha sido su pecado, cuya gravedad aparece precisamente al ser puesto en contraste con los dones divinos.

Ahora sólo queda la tribu de Judá que, además, tampoco ha sido fiel al Señor (vv. 18-19). Para el autor de 2 R la desaparición del reino del Norte es la culminación de un proceso que comienza con Jeroboam y con la construcción de los becerros de oro (cfr 1 R 12,25-33). Aquel alejamiento de la casa de David es lo que ha conducido a los del Norte a quedar alejados de la presencia de Dios. Al dar esta explicación, el autor sagrado está enseñando una vez más que Dios ha prometido la salvación, y en concreto la continuidad de un reino, a la descendencia davídica (2 S 7,14). El reino del Norte, separado de la casa de David, ha dejado de existir. Pero queda Judá que, aunque también ha pecado, confía en el cumplimiento de la promesa divina. El redactor de los libros de los Reyes sabe que también Jerusalén será destruida y que el pueblo de Judá será conducido al destierro (cfr 1 R 9,7-9), pero no apartado de la presencia del Señor; no desaparecerá porque Dios es fiel a la promesa hecha a la casa de David.

La caída del reino del Norte servía ciertamente de lección a Judá; una lección que no aprendió (cfr Jr 16,10-13). Pero también es lección para todos los hombres de todos los tiempos: el abandono de Dios y el alejamiento de Cristo, el Hijo de David, pone al hombre en peligro de perdición eterna. Comentando esta caída de los reinos, San Macario extraía una conclusión espiritual: «¡Ay del alma privada del cultivo diligente de Cristo que es quien le hace producir los buenos frutos del Espíritu!, porque, hallándose abandonada, llena de espinos y de abrojos, en vez de producir fruto, acaba en la hoguera. ¡Ay del alma en la que no habita Cristo, su Señor!, porque, al hallarse abandonada y llena de la fetidez de sus pasiones, se convierte en hospedaje de todos los vicios» (Homiliae spirituales 28,2).

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