COMENTARIO

 2 R 18,1-25,30 

Esta última parte del libro concluye con la caída de Jerusalén y la deportación de los judíos a Babilonia (24,1-25,30). Toda la historia anterior ha sido escrita teniendo en cuenta ese desenlace y como preparándolo. Ahora, tras haber dado a conocer al lector el final del reino del Norte y explicar sus causas desde el punto de vista religioso, el autor sagrado pasa a exponer la reacción de Judá ante aquellos hechos. Narra la sucesión de los reyes de Judá y cómo, por sus pecados, el destierro a Babilonia se hace inevitable (cfr 20,16-19; 21,10-15; 22,15-19; 23,26-27).

Para resaltar que Dios ayudó a Judá a reaccionar, y que no quería su ruina, el autor de 2 R vuelve a fijarse en los profetas enviados por Dios: Isaías (caps. 19-20) y la profetisa Juldá (22,11-20). De esta forma, también de Judá podrá decirse lo mismo que se había dicho de Israel: que no escuchó a los profetas enviados por Dios (cfr 17,13).

Esta parte de la historia de los reyes de Judá muestra que, en efecto, Dios es fiel a su promesa a pesar del pecado del hombre; pero muestra, al mismo tiempo, que la forma en que se cumplen las promesas divinas es misteriosa, a veces incomprensible de manera inmediata, y en ella entra en juego también la fidelidad del hombre. La muerte de Cristo en la Cruz es la suprema manifestación de ese misterio: «Nadie pudo ver ni dar a conocer a Dios, sino que fue él mismo quien se reveló. Y lo hizo mediante la fe, único medio de ver a Dios. Pues el Señor y Creador de todas las cosas, que lo hizo todo y dispuso cada cosa en su propio orden, no sólo amó a los hombres, sino que fue también paciente con ellos. Siempre fue, es y seguirá siendo benigno, bueno, incapaz de ira y veraz; más aún, es el único bueno; y cuando concibió en su mente algo grande e inefable, lo comunicó únicamente con su Hijo. (…) Y cuando nuestra injusticia llegó a su colmo y se puso completamente de manifiesto que el suplicio y la muerte, su recompensa, nos amenazaban, al llegar el tiempo que Dios había establecido de antemano para poner de manifiesto su benignidad y poder (¡inmensa humanidad y caridad de Dios!), no se dejó llevar del odio hacia nosotros ni nos rechazó, ni se vengó, sino que soportó y echó sobre sí con paciencia nuestros pecados, asumiéndolos compadecido de nosotros, y entregó a su propio Hijo como precio de nuestra redención: al santo por los inicuos, al inocente por los culpables, al justo por los injustos, al incorruptible por los corruptibles, al inmortal por los mortales» (Epistula ad Diognetum 8,5-9,2).

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