COMENTARIO
Tras la caída de Samaría y de Damasco en manos de los asirios, Judá queda como un pequeño reino entre dos imperios, Asiria y Egipto, siempre obligada a buscar la ayuda de uno o de otro. En tal situación los profetas abogan sin embargo por apoyarse únicamente en la ayuda del Señor. En ese contexto se lleva a cabo una reforma religiosa por parte de Ezequías (18,1-20,21), pero que no será secundada por sus sucesores, Manasés y Amón (21,1-25). Este aspecto de fidelidad al Señor y pureza en su culto constituye desde ahora el hilo conductor de la trama que desembocará en la ruina de Jerusalén.