COMENTARIO
El rey ante todo hace penitencia y recurre a Dios (v. 1). Luego pide la intercesión del profeta Isaías (vv. 2-4), el único de los profetas escritores que aparece en la historia de los reyes. El carácter angustioso de la situación se refleja en la frase proverbial del v. 3; y la identidad del verdadero Dios frente a los ídolos se manifiesta al llamarle «el Dios vivo» (cfr vv. 16-18): «En el transcurso de los siglos, la fe de Israel pudo desarrollar y profundizar las riquezas contenidas en la revelación del Nombre divino. Dios es único; fuera de Él no hay dioses (cfr Is 44,6). Dios transciende el mundo y la historia. Él es quien ha hecho el cielo y la tierra: “Ellos perecen, mas tú quedas, todos ellos como la ropa se desgastan (…) pero tú siempre el mismo, no tienen fin tus años” (Sal 102,27-28). En él “no hay cambios ni sombras de rotaciones” (St 1,17). Él es “El que es”, desde siempre y para siempre y por eso permanece siempre fiel a sí mismo y a sus promesas» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 212).