COMENTARIO

 2 R 19,14-34 

En un gesto significativo que supone la fe en la presencia de Dios en el Templo, Ezequías extiende las cartas del rey de Asiria para que el Señor mismo vea su contenido. En su oración el rey explica por qué han sido vencidas otras naciones (vv. 17-18) y pide que Dios se muestre como el único Dios (v. 19): «La confesión de la unicidad de Dios, que tiene su raíz en la Revelación Divina en la Antigua Alianza, es inseparable de la confesión de la existencia de Dios y asimismo también fundamental. Dios es Único: no hay más que un solo Dios: “La fe cristiana confiesa que hay un solo Dios (…) por naturaleza, por substancia y por esencia” (Catech.R., 1,2,2)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 200).

También el oráculo del profeta deja entender que el Dios de Israel es el único Dios, porque todo sucede según sus designios, incluso las victorias asirias (vv. 25-26), y porque Él conoce todas las acciones y pensamientos del hombre (v. 27). Él ha decidido salvar a Jerusalén como un «resto» de Israel (vv. 29-31) según la promesa que hiciera a David (v. 34): «Ante la presencia atrayente y misteriosa de Dios, el hombre descubre su pequeñez. (…). Ante la gloria del Dios tres veces santo, Isaías exclama: “¡Ay de mí, que estoy perdido, pues soy un hombre de labios impuros!” (Is 6,5). (…) El apóstol Juan dirá igualmente: “Tranquilizaremos nuestra conciencia ante él, en caso de que nos condene nuestra conciencia, pues Dios es mayor que nuestra conciencia y conoce todo” (1 Jn 3,19-20)» (Catecismo de la Iglesia Católica, n. 208).

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