COMENTARIO

 2 R 20,1-11 

Los hechos narrados en este capítulo hay que situarlos más bien antes de la invasión de Senaquerib (18, 13), según se desprende del año de la muerte de Ezequías (698 a.C.) y de la misma promesa divina en el v. 6. Quizá se han trasladado a este lugar porque aquí se va a contar la muerte del rey (cfr 20,20-21). Aunque se relata la historia del monarca, la atención sigue centrada en la persona y las palabras del profeta, y, de hecho, estos mismos acontecimientos los encontramos narrados en Is 38-39.

Las alusiones a David y el tiempo en que sufriría el rey esta enfermedad hacen pensar que todavía no había nacido Manasés. En tal caso, Dios concede al rey tiempo suficiente —quince años de vida— para tener descendencia y poder ver la liberación milagrosa de la ciudad.

Como en otras ocasiones (cfr 19,29; Is 7,14) el profeta da una señal que manifiesta la voluntad divina. En este caso la petición de una señal por parte de Ezequías contrasta con el rechazo de Ajaz cuando el profeta le dijo que la pidiera (cfr Is 7,9).

Del episodio de la curación del rey se desprende la eficacia de la oración, con la que Dios cuenta para mostrar su voluntad: «¿Podrá Dios negar algo a la oración hecha en espíritu y verdad, cuando es Él mismo quien la exige? ¡Cuántos testimonios de su eficacia no hemos leído, oído y creído! Ya la oración del Antiguo Testamento liberaba del fuego, de las fieras y del hambre, y, sin embargo, no había recibido aún de Cristo toda su eficacia. ¡Cuanto más eficazmente actuará, pues, la oración cristiana! No coloca un ángel para apagar con agua el fuego, ni cierra las bocas de los leones, ni lleva al hambriento la comida de los campesinos, ni aleja, con el don de su gracia, ningún sufrimiento; pero enseña la paciencia y aumenta la fe de los que sufren, para que comprendan lo que Dios prepara a los que padecen por su nombre» (Tertuliano, De oratione 29).

Volver a 2 R 20,1-11