COMENTARIO
La singularidad de esta Pascua consistió en ser celebrada según las normativas de Dt 16,1-8, que ordena que el cordero pascual sólo puede ser sacrificado en el Templo de Jerusalén. De esta forma la fiesta adquiere la dimensión de unidad nacional en torno a un único Santuario, como en los tiempos del desierto en torno al Arca (cfr Ex 23,15-17; Lv 23,4-14), sobrepasando el contexto familiar que había adquirido durante la monarquía y que se refleja asimismo en Ex 12,1-14.43-49. De manera análoga la Pascua cristiana, cuyo cordero pascual es Cristo, significa y realiza la unidad de todo el nuevo pueblo de Dios, la Iglesia. Este sentido de unidad engendrada en la Pascua está así presente en la enseñanza de los escritores cristianos: «Ahora ha llegado aquel tiempo en que todo vuelve a comenzar, a saber, el anuncio de la Pascua venerable, en la que el Señor fue inmolado. (…) Ahora bien, el mismo Dios, amados hermanos, que al principio instituyó para nosotros esta fiesta, nos ha concedido poderla celebrar cada año; y el que entregó a su Hijo a la muerte por nuestra salvación nos otorga, por el mismo motivo, la celebración anual de esta santa solemnidad. Esta fiesta nos sostiene en medio de las miserias de este mundo; y ahora es cuando Dios nos comunica la alegría de la salvación, que irradia de esta fiesta, ya que en todas partes nos reúne espiritualmente a todos en una sola asamblea, haciendo que podamos orar y dar gracias todos juntos, como es de ley en esta fiesta. Este es el prodigio de su bondad: que él reúne para celebrarla a los que están lejos y junta en una misma fe a los que se encuentran corporalmente separados» (S. Atanasio, Epistulae festales 5,1-2).