COMENTARIO

 2 R 25,8-21 

La fecha de la caída de Jerusalén y del incendio del Templo no podía quedar en el olvido: corresponde probablemente al 14 de agosto del año 587 a.C.

Los objetos saqueados (vv. 13-17) son los que aparecen en 1 R 7, donde se narra la ornamentación del Templo hecha por Salomón. Ahora, el incendio y el despojo significan que aquel Templo ha dejado de ser el lugar elegido por Dios para poner allí su nombre (cfr 1 R 8,16-29), y que la gloria del Señor lo ha abandonado (cfr Ez 10,18-22). La etapa iniciada por David y Salomón en la que la presencia del Señor se manifestaba en el Templo de Jerusalén ha llegado a su fin. Ahora aquel lugar sólo es ya ruina y desolación, aunque sobre él seguirá brotando el clamor y la oración al Señor (cfr Sal 74). El autor de 2 R da cuenta de algunas ejecuciones sumarias de sacerdotes y de jefes del ejército (vv. 18-21) que vienen a significar que todo aquello ha terminado.

La destrucción del Templo es signo de su carácter transitorio; queda ya claro que Dios no había unido su presencia a aquel lugar de forma incondicionada: exigía una fidelidad que no se dio. La tradición judía posterior recordará esta verdad y, aunque el Templo volverá a ser edificado tras el destierro y se reanudará el culto en él (cfr Esd 3,1-13), irá creciendo la convicción inspirada por Dios de que la salvación del pueblo no llegará por el Templo, sino por la fidelidad de un siervo del Señor que obedientemente tomará sobre sí y sufrirá el castigo por los pecados del pueblo (cfr Is 42,1-9; 52,13-53,12). Jesucristo será ese siervo sufriente, y en Él la presencia de Dios se hará real entre los hombres como en un nuevo y definitivo Templo (cfr Jn 2,11-22): «Aquellas instituciones temporales —comenta un antiguo escritor cristiano— que existían al principio para prefigurar la realidad presente eran sólo imagen y prefiguración parcial e imperfecta de lo que ahora aparece; pero una vez presente la realidad, conviene que su imagen se eclipse; del mismo modo que, cuando llega el rey, a nadie se le ocurre venerar su imagen, sin hacer caso de su persona» (Homilia paschale).

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