COMENTARIO
Las genealogías contenidas en estos capítulos están distribuidas en dos listas, la primera desde Adán a Israel (1,1-54), la segunda desde los doce hijos de Israel hasta David (2,1-9,44). Ambas están elaboradas con la misma intención doctrinal de todo el libro, esto es, señalar que el pueblo de Dios que ha regresado del destierro ha mantenido la identidad que tenía desde Adán y es, por tanto, el depositario de las promesas de salvación; tras el destierro, su existencia y su vida giran en torno a la figura de David y a la ciudad de Jerusalén. Las listas se basan en las genealogías ya conocidas por los libros anteriores —desde Génesis hasta Reyes—, pero sin ceñirse a ellas con exactitud, pues con frecuencia eliminan algunos nombres que podrían desviar la atención de la línea genealógica predominante —como ocurre con los descendientes de Caín recogidos en Gn 4,17-24— o añaden otros, como ocurre en las genealogías de los levitas.
Aunque no se relatan con detalle los grandes acontecimientos de la historia de Israel, se recogen breves noticias sobre algunos episodios significativos, especialmente los relacionados con el asentamiento de las tribus en las diversas zonas de la tierra prometida. También en este caso se mantiene el objetivo de destacar la ciudad de Jerusalén, resaltar la continuidad del pueblo y legitimar las funciones de cada tribu, en particular las de los levitas. Así se omite cualquier alusión a Moisés y al Éxodo que podría empañar la procedencia lineal de Abrahán; en cambio se subrayan los hechos, personas o lugares que acentúan la identidad del pueblo. De este modo, mientras que en el Génesis la tribu de Judá ocupa el cuarto lugar entre los hijos de Jacob (Israel) (cfr Gn 29,35; 35,23; 46,12; 49,8; cfr también 1 Cro 2,1), aquí pasa a ocupar el primer lugar (cfr 1 Cro 2,3; 12,25), pues ella recibió en herencia Jerusalén y de ella nació David. Lo mismo ocurre con la tribu de Leví, tan importante en la sociedad postexílica: se reseñan varias listas genealógicas y se enumeran varios grupos de ciudades levíticas (cfr 5,27-6,66).
En el primer gran periodo (1,1-54) Jacob es nombrado como Israel (v. 34), probablemente porque el Cronista piensa más en la unidad del pueblo que en los hechos históricos del progenitor. A los descendientes de Esaú (vv. 35-53) se les dedica bastante atención pero no volverán a aparecer en todo el libro. De este modo se concede una cierta relevancia a los edomitas (descendientes de Esaú/Edom), pero muy escasa si se compara con los israelitas (descendientes de Jacob/Israel), que van a ocupar el resto del libro. Solamente hay una breve alusión a un dato histórico: «Antes de que hubiera rey en Israel» (v. 43), dejando así constancia de que la monarquía fue un hito fundamental en la historia del pueblo de Abrahán; cabría decir que todo lo anterior es prehistoria.
El segundo periodo (caps. 2-7) comprende los largos años que van desde el nacimiento de las tribus de Israel hasta su asentamiento definitivo en las distintas zonas de Palestina. También aquí la intención doctrinal del Cronista orienta la elaboración de las listas realzando la descendencia de Judá (cap. 2), y, sobre todo, la de David (cap. 3) como figura culminante en la historia y punto de referencia para la identidad del pueblo. Del mismo modo se destaca la tribu de Benjamín, en cuyo territorio está la Ciudad Santa de Jerusalén (7,6-12; 8,1-40). Finalmente se da especial relieve a la tribu de Leví (6,1-66) haciendo constar los miembros que la componen, las funciones que desempeñan en el Templo y las ciudades que ocupan.
Los capítulos 8-9 constituyen un apéndice sobre los descendientes de Benjamín, entre los que sobresale Saúl, el primer rey de Israel, y sobre los habitantes de Jerusalén antes y después del destierro. Entre los que regresaron y ocuparon sus antiguas posesiones destacan las familias levitas. Estas genealogías últimas ponen más de relieve la estrecha relación de los repatriados con los antepasados de Saúl y de David; y, por tanto, el derecho a la herencia de las promesas patriarcales. La doctrina que subyace en las listas pervive hasta el Nuevo Testamento, donde las genealogías de Jesús (cfr Mt 1,1-16; Lc 3,23-38) le vinculan con los patriarcas, con David y con los repatriados de Babilonia. De esta forma los evangelistas confiesan que con Jesús da comienzo la plenitud de la historia de la salvación que en ningún momento llegó a interrumpirse.