COMENTARIO
Al comenzar los relatos de la monarquía el Cronista dedica unas líneas al reinado de Saúl y a su muerte, antes de presentar la figura de David, que será el protagonista y rey ejemplar en el resto de este primer libro de Crónicas. Nada se dice de Samuel y de los acontecimientos bélicos, sociales y religiosos que acaecieron en Israel durante la azarosa vida de Saúl, narrados en el primer libro de Samuel.
La muerte de Saúl (v. 13) pone fin a la primera dinastía que no llegó a consolidarse y deja el camino expedito para la siguiente, la de David, que permanecerá incólume y elevará al pueblo a la dignidad que le corresponde. La narración tomada de 1 S 31,1-13 introduce la noticia de que en la batalla murieron junto con el rey «todos los de su casa» (v. 6). Con esta modificación el Cronista deja sentado que la desaparición de la familia de Saúl fue parte del designio divino. David nada tuvo que ver, ni pudo ser acusado de crimen para alzarse con el trono.
Por otra parte, los últimos versículos (vv. 13-14), específicos de este libro, están redactados a modo de sentencia judicial: Saúl murió «por su infidelidad» al no guardar la palabra de Dios y no consultar al Señor sino a una pitonisa (cfr 1 S 28,1-25). El Cronista interpreta los hechos aplicando la doctrina de la retribución personal, según la cual cada uno recibe el castigo merecido por sus propios delitos, pero el Señor mantiene la iniciativa benéfica en el devenir de la historia. Ambos elementos están contenidos en la frase final: el Señor «le hizo morir, y entregó el reino a David, hijo de Jesé» (v. 14).
La insistencia en la responsabilidad personal de los propios actos constituye una novedad frente a la idea extendida en aquella época en el mundo oriental de que cada individuo es tan solidario con su familia y su pueblo que Dios castiga en los hijos los pecados de los padres (cfr Introducción). La enseñanza de que la retribución personal se dará en la otra vida es propia del Nuevo Testamento. Debe ser un estímulo para un comportamiento recto de cara a la eternidad. «La retribución de la transformación futura se promete a los que en la vida presente realicen la transformación del mal al bien» (S. Fulgencio de Ruspe, De remissione peccatorum 2,12).