COMENTARIO
Comienza la última sección del libro dedicada a narrar los preparativos para la edificación del Templo, la gran tarea que llevará a cabo Salomón. La profecía de Natán está recogida con fidelidad a partir de 2 S 7,1-29. Sin embargo, con pequeños retoques adquiere una orientación doctrinal acomodada a la etapa en que se encuentran tras el regreso del destierro. Mientras que el oráculo del libro de Samuel tiene carácter mesiánico, puesto que es aplicable a la dinastía davídica como tal y a cada uno de los descendientes de David, aquí tiene aplicación inmediata a Salomón y al Templo que se va a edificar.
En concreto, en el v. 1 se evita presentar a David como rey de paz y se omite «y el Señor le concedió la paz con los enemigos de alrededor» (1 S 7,1); con esto se indica que el Señor no se opone a la construcción del Templo, sino a que lo construya David, que no fue capaz de alcanzar la concordia con los vecinos y que durante toda su vida fue «hombre de guerra» (cfr 28,3). David, de hecho, cuidará con esmero los preparativos, pero será Salomón quien lleve a cabo la edificación. También es significativo el cambio de la pregunta: «¿Eres tú el que va a edificar una casa…?» (2 S 7,5), por la negativa tajante: «No eres tú el que me va a edificar…» (v. 4). En cambio se asegura que Salomón sí va a edificar el Templo: en 2 S 7,12 se lee: «Suscitaré después de ti un linaje salido de tus entrañas…», mientras que en Crónicas leemos «suscitaré después de ti a uno de tus hijos, de tu linaje» (v. 11), concretando así que el linaje es Salomón.
Otra ligera modificación sirve para señalar que Dios no da estabilidad a la dinastía sino a la sucesión inmediata. La promesa: «Tu casa y tu reino permanecerán para siempre en mi presencia» (2 S 7,16), se cambia del modo siguiente: «Lo [Salomón] estableceré en mi casa y en mi reino para siempre» (v. 14). Después del destierro, cuando no hay monarca reinante, permanecerá el mismo Templo y el mismo Señor que garantizará la permanencia del mismo pueblo. El significado teológico del Templo ha servido para explicar la novedad extraordinaria de la Encarnación de Jesucristo: «La venida de nuestro Salvador en el tiempo fue como la edificación del divino Templo, pero con mayor gloria; este nuevo Templo, si se compara con el antiguo, es tanto más excelente y preclaro cuanto el culto evangélico de Cristo aventaja al culto de la ley, o cuanto la realidad sobrepasa a sus figuras. Con referencia a ello, creo que puede también afirmarse lo siguiente: el Templo antiguo era uno solo, estaba edificado en un solo lugar, Jerusalén, y sólo un pueblo, el israelita, podía ofrecer en él sus sacrificios. En cambio, cuando se hizo semejante a nosotros el Unigénito, (…) la tierra se ha llenado de templos santos y de adoradores innumerables, que veneran sin cesar al Señor del universo con sus sacrificios espirituales y con oraciones» (S. Cirilo de Alejandría, In Aggaeum 14).
Los cambios introducidos en la «oración de David» (vv. 16-27) en relación a como se recoge en 2 S 7,18-29 realzan más y más la piedad profunda del monarca dispuesto a reconocer que sus cualidades y sus éxitos se deben sólo al Señor.