COMENTARIO
Las guerras contra los amonitas y los filisteos son interpretadas como episodios en los que resplandecen las extraordinarias cualidades de David. Así, en la conquista de la capital amonita, Rabá, David no es el estratega que se contrapone a su lugarteniente Joab (cfr 2 S 12,26-28), sino el rey piadoso que lucha contra la idolatría y destroza la imagen de Milcom. Y en la lucha contra los gigantes refaítas no es David el joven osado que se enfrenta a Goliat (cfr 1 S 17,1-58) sino el rey maduro que acepta el sometimiento de los enemigos (v. 8), mientras deja que sus hombres protagonicen las peleas más cruentas. En cuanto rey vencedor, pero pacífico, es también figura de Cristo. «La palabra David significa mano fuerte. Era, pues, un gran guerrero. Confiando en el Señor, su Dios, emprendió todas las guerras, derrotó a todos sus enemigos; ayudándole Dios, llevaba el gobierno de aquel imperio; con todo, prefiguraba a cierto individuo de mano fuerte que había de someter a los enemigos: el diablo y sus ángeles. La Iglesia vence a todos estos enemigos. ¿Cómo los vence? Con la mansedumbre. Con la mansedumbre venció nuestro Rey al diablo» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 131,3).