COMENTARIO
El episodio del censo, a pesar de que supone una ofensa contra Dios, (v. 7; cfr 2 S 24,1), es interpretado en este relato como marco para ensalzar la piedad de David, que se arrepiente sinceramente y prepara con esmero el lugar definitivo donde se levantará el Templo.
En efecto, el rey, engañado por Satán (v. 1), ordenó hacer el censo sin darse cuenta del pecado que cometía. Pero en cuanto conoció la decisión divina de castigar a Israel, comprendió la gravedad y necedad de su comportamiento y se humilló sinceramente (v. 8); aceptó el castigo, hizo penitencia junto con los ancianos (v. 16) e intercedió con insistencia por el pueblo pidiendo que el castigo recayera sólo sobre él (v. 17). A continuación el profeta Gad le hizo ver que Dios había elegido la era de Ornán para edificar allí el altar, lugar que será también el elegido para edificar el futuro Templo (v. 18): la presencia del ángel (vv. 15.19) confirma la elección, y el fuego sobre el altar de los holocaustos demuestra la aceptación definitiva de ese lugar por parte de Dios. David pagó una cantidad fuerte por la era, seiscientos siclos (v. 25). Según el libro de Samuel (2 S 24,24) pagó únicamente cincuenta; es probable que el Cronista interpretara que eran cincuenta siclos por cada una de las doce tribus, para que así todas colaboraran en los gastos. Al terminar los trámites de la compra el rey proclamó con toda solemnidad: «Éste es el Templo del Señor Dios, y éste el altar de los holocaustos de Israel» (22,1).