COMENTARIO

 1 Cro 22,1-19 

El discurso de David a Salomón (vv. 7-16) es un canto a la paz: la dedicación a la guerra fue el verdadero impedimento para que David no edificara personalmente el Templo; y no porque todas las guerras sean moralmente condenables, sino porque sólo un «hombre de paz» podía construir el Templo que debe ser lugar de «paz y descanso» (cfr 28,2). Salomón, el elegido para edificarlo, lleva impuesto un nombre relacionado fonéticamente con Shalom (paz); en sus días el Señor concederá paz y tranquilidad a Israel (v. 9). En este sentido Salomón será también figura de Cristo, «Pues el mismo Hijo encarnado, Príncipe de la paz, por su cruz reconcilió a todos los hombres con Dios y, restituyendo la unidad de todos en un solo pueblo y en un solo cuerpo, mató en su propia carne el odio y, exaltado por la resurrección, derramó el Espíritu de caridad en los corazones de los hombres» (Conc. Vaticano II, Gaudium et spes, n. 78).

El segundo discurso dirigido a los jefes (vv. 18-19) es una exhortación a «buscar al Señor» (v. 19), es decir, a cumplir decididamente la voluntad de Dios que en concreto era la edificación del Templo. Este testamento de David, que llevarán a cabo sus súbditos, deberá ser actualizado entre los que más tarde habían de volver del destierro y tenían la obligación de restaurar el Templo profanado por los babilonios.

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