COMENTARIO

 1 Cro 28,1-29,30 

La conclusión del libro tiene carácter de declaración de última voluntad. Consta de varios discursos de David, dirigidos a la asamblea entera del pueblo (28,2-10 y 29,1-5), a su hijo Salomón (28,20-21) y a Dios mismo en emocionada plegaria (29,10-19). En todos ellos se repite la misma doctrina que ha vertebrado el conjunto del libro. En primer lugar, la unidad del reino, sin peleas ni divisiones entre el norte y el sur; en este sentido se repite una y otra vez la expresión ya conocida de «todo Israel» (28,4; 29,21.23.25-26). En segundo lugar, la doctrina de la elección divina, interpretada de modo singular. En efecto, Salomón es el «elegido por Dios» (29,1), como antes lo había sido Saúl (cfr 1 S 10,24) y David (cfr 2 S 6,21), pero en este caso con una finalidad concreta, la edificación del Templo: «El Señor te ha elegido para edificar un Templo que sea su santuario» (28,10; cfr 28,6.20; 29,1). Llegamos así al tercero y más importante punto doctrinal, la centralidad del Templo en la vida de Israel: David, por ser «hombre de guerra» (28,3), no podrá edificarlo, pero dejará en herencia a su hijo y a la asamblea el diseño de todas las dependencias (28,11-12.19), como antiguamente había hecho Moisés en el desierto cuando encomendó a los hijos de Israel el modelo del Santuario (cfr Ex 25,8-9). Más aún, David entregará las posesiones de la casa real y sus propios bienes (29,3-5) para contribuir a los gastos de construcción, y animará a los demás a hacer lo mismo (29,6-9).

Salomón llegará a edificar el Templo porque el Señor le concedió la paz (cfr 22,9) y él correspondió con la integridad de su corazón (29,19). Paz y virtud son condiciones previas para poner por obra los planes de Dios, así como el cumplimiento de los preceptos divinos (28,8-9) es requisito indispensable para poseer la herencia de la tierra y participar de las promesas divinas. «Paz completa tienen los que aman tu Ley, no hay tropiezo para ellos», canta el Salmo 119,165. Y comenta San León Magno: «Esta paz no se logra ni con los lazos de la más íntima amistad ni con una profunda semejanza de carácter, si todo ello no está fundamentado en una total comunión de nuestra voluntad con la voluntad de Dios» (De beatitudinibus 95,9).

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