COMENTARIO

 2 Cro 7,1-10 

Después de la plegaria del rey comienza la celebración que consta de tres elementos fundamentales: la manifestación de Dios tanto en el fuego como en la gloria que llenaba el Templo (vv. 1-3), los sacrificios solemnes (vv. 4-6), y la fiesta propiamente dicha que, al coincidir con la fiesta de los Tabernáculos, se prolonga siete días más (vv. 8-10).

La manifestación divina sustituye la segunda bendición de Salomón narrada en el libro de los Reyes (cfr 1 R 8,54-61). Con gran expresividad se pone de relieve que Dios acepta el Templo reedificado y la oración de Salomón (cfr 1 Cro 21,26), evoca la consagración del Tabernáculo del desierto (v. 3; cfr Ex 40,34-35), y revive la inauguración del ministerio de los sacerdotes (cfr Lv 9,22-24); de este modo, quedó inaugurada con solemnidad la nueva etapa del culto israelita.

Los sacerdotes, y no el rey, son los encargados de ofrecer los sacrificios, y los levitas de dirigir el culto. En esta ocasión el estribillo, repetido con frecuencia en Crónicas (1 Cro 16,34.41; 2 Cro 5,13, etc.), y en los Salmos (Sal 106,1; 136,1.3.8, etc.), constituye una importante doxología: «Porque es bueno, porque su misericordia es eterna».

La fiesta de la Dedicación será actualizada cuando los Macabeos vuelvan a consagrar el altar profanado por Antíoco Epífanes (cfr 1 M 4,59) y se llamará Hanukkah o «fiesta de las Lámparas»; seguirá vigente en tiempo de Jesús (cfr Jn 10,22) y todavía hoy se celebra en las comunidades judías.

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