COMENTARIO
Comienza la segunda parte de este libro dedicada a la historia de los sucesores de Salomón en el reino de Judá. La fuente literaria más utilizada sigue siendo el libro de los Reyes. Sin embargo, se omite casi por completo todo lo relacionado con el reino del Norte —aunque en la realidad fue mucho más importante— y ni siquiera se mencionan los profetas Elías y Eliseo que ejercieron allí su ministerio. El autor sagrado, por otra parte, no pretende elaborar una crónica de lo acaecido en el reino de Judá y, menos aún, presentar con precisión las guerras, pactos, conquistas o derrotas que cada rey llevó a cabo; tampoco se ciñe a la doctrina deuteronomista que emite un juicio sobre cada monarca a partir del principio de que las desgracias y derrotas del pueblo son consecuencia y castigo del soberano reinante. Más bien se limita a reseñar la historia del Templo y de las instituciones cultuales que habían establecido David y Salomón, haciendo hincapié en que éstas se mantuvieron a pesar de los muchos y diversos ataques. Los reyes que favorecieron la desunión, como Roboam (caps. 10-12), o la idolatría, como Ajaz (cap. 28), son presentados con tintes negativos, mientras que los que fomentaron el culto verdadero y unificado en el Templo de Jerusalén son encumbrados y alabados. En este libro cada monarca es aprobado o censurado según su propia actuación, con lo que se subraya la doctrina de la retribución individual (cfr Ez 18,1-32) tan acentuada por los que volvieron del destierro. Cada rey, por tanto, inicia una nueva andadura bajo la protección constante del Señor.