COMENTARIO
Este capítulo no tiene paralelo en el libro de los Reyes; relata la institución de los jueces inspirándose en los datos del Deuteronomio (cfr Dt 16,18-20; 17,8-13), con lo que se atribuye a Josafat parte de la reforma que más tarde llevaría a cabo Josías. El fruto de la gestión jurídica es tan positivo porque, a pesar de los defectos, el rey decidió en su corazón buscar a Dios (v. 3). La exhortación a la integridad que el rey dirige a los jueces es válida para todos nosotros, que debemos juzgar siempre a las personas de cara a Dios. Jesús ratificó esta doctrina extendiéndola a cualquier situación en la que uno deba emitir un juicio condenatorio del prójimo: «No juzguéis para no ser juzgados. Porque con el juicio con que juzguéis, se os juzgará, y con la medida con que midáis se os medirá» (Mt 7,1-2; cfr también Rm 2,1-3).
Los sacerdotes y los levitas tienen la función de juzgar las causas más importantes, pero también los laicos, cabezas de familia (vv. 8.11), debían juzgar las causas civiles o «causas del rey». Estos datos reflejan el ambiente de los tribunales en el s. IV a.C.