COMENTARIO
El reinado de Joás está narrado con clara orientación pedagógica y, por tanto, distribuido en dos etapas para mostrar con más facilidad la doctrina religiosa de la historia.
La primera (vv. 1-16), dedicada a recabar fondos (siguiendo el texto paralelo de 2 R 12,1-17) para la restauración del Templo. Durante estos años el protagonista verdadero fue el sacerdote Yehoyadá, que secundó las iniciativas reales para reconstruir el Templo y devolverlo a su esplendor primitivo (v. 13). Al morir recibió sepultura en la ciudad de David (v. 16), es decir, se le reconocieron y tributaron, como a los reyes, los mayores honores.
La segunda etapa fue de deslealtad al Señor y de idolatría. Los desastres bélicos y las conjuras vinieron como castigo por los pecados del rey (vv. 17-26). El delito más grave fue la muerte ignominiosa del hijo de Yehoyadá, el profeta Zacarías (distinto del último de los profetas menores), que se atrevió a denunciar los delitos del monarca. Como consecuencia de este crimen el propio rey perderá su vida a manos de los conspiradores (v. 25). De nuevo se pone de relieve en esta narración que Dios no deja impunes los delitos y que castiga a quien los comete.
Este profeta Zacarías es probablemente el que fue recordado por Jesucristo como paradigma de víctima inocente sacrificada por los suyos: «… para que caiga sobre vosotros toda la sangre inocente que ha sido derramada sobre la tierra, desde la sangre del justo Abel hasta la sangre de Zacarías, hijo de Baraquías, al que matasteis entre el Templo y el altar» (Mt 23,35). El hecho de que Jesús le llame «hijo de Baraquías» en vez de «hijo de Yehoyadá», puede que responda al empleo de genealogías diferentes o a una confusión en la transmisión textual. En cualquier caso, teniendo en cuenta que el libro de las Crónicas ocupa el último lugar en la Biblia hebrea, Jesús está indicando que todas las víctimas inocentes, desde la primera (Abel) hasta la última (Zacarías), son figuras de los mártires cristianos y participan de la redención llevada a cabo en la Cruz. «No se os ocurra, por tanto, hermanos, pensar que todos aquellos justos que padecieron persecución de parte de los inicuos, incluso aquellos que vinieron enviados antes de la aparición del Señor, para anunciar su llegada, no pertenecieron a los miembros de Cristo. Es imposible que no pertenezca a los miembros de Cristo, quien pertenece a la ciudad que tiene a Cristo por rey. Efectivamente, toda aquella ciudad está hablando, desde la sangre del justo Abel, hasta la sangre de Zacarías. Y a partir de entonces, desde la sangre de Juan, a través de la de los apóstoles, de la de los mártires, de la de los fieles de Cristo, una sola ciudad es la que habla» (S. Agustín, Enarrationes in Psalmos 61,4).