COMENTARIO
El esquema de las dos etapas, fidelidad–infidelidad, es aplicado también a la narración del reinado de Uzías, poniendo el acento en la retribución individual, tanto cuando el rey sigue los designios divinos como cuando se opone a ellos. Sin embargo, en este relato hay algunos detalles de especial interés.
Con el nombre de Uzías (Ozías, en griego) se designa aquí al mismo rey que es denominado ordinariamente Azarías en el libro de los Reyes (cfr 2 R 14,21-22 y 15,1-3.5-7; pero Uzías en 15,34), y es el que está atestiguado en los profetas (cfr Is 6,1) y en el Nuevo Testamento (cfr Mt 1,8-9). Quizá era un sobrenombre o un diminutivo.
Las construcciones llevadas a cabo, así como las victorias sobre los filisteos y árabes, o la fortaleza del ejército son presentadas como premio a la fidelidad del monarca mientras siguió los consejos de un hombre del que sólo conocemos que se llamaba Zacarías (v. 5), distinto de aquel al que se hace referencia en 24,20ss. Entre los edificios construidos destacan las torres y cisternas del desierto (v. 10), probables cimientos de los edificios posteriores de Qumrán.
En sintonía con la doctrina del Cronista, se subraya la importancia de los sacerdotes y del Templo: Zacarías enseñó al rey el temor de Dios durante la primera época (v. 5); y el sacerdote Azarías le echó en cara su infidelidad durante la segunda (vv. 17-18). El Templo fue, por otra parte, el escenario del castigo divino, puesto que la enfermedad impura por antonomasia, la lepra, le sobrevino al rey en el Templo y como castigo por haber usurpado funciones que sólo los sacerdotes podían ejercer.
Las palabras «mientras buscó al Señor, Dios le hizo progresar» (v. 5) muestran una vez más los beneficios que se siguen de la fidelidad a Dios. Cuando se hace el esfuerzo de seguir la voluntad de Dios, el Señor no deja de recompensarlo. «Cuanto más generoso seas, por Dios, serás más feliz» (S. Josemaría Escrivá, Surco, n. 18).