COMENTARIO

 2 Cro 28,1-27 

Ajaz es el contrapunto negativo de su piadoso abuelo Uzías: todo su reinado estuvo plagado de impiedad y de idolatría; la derrota era el final de todas las batallas que entabló. Pero el delito más grave y que con más severidad condena el Cronista fue la profanación del Templo y de sus objetos (vv. 20-24).

La guerra sirio–efraimita (vv. 5-15) contiene en esta narración elementos desconocidos en el libro de Reyes (2 R 16,5-9) y en el de Isaías (Is 7,1-8,23). Aquí el Señor, para castigar a Ajaz (v. 5), decide la derrota, primero a manos de los sirios y luego de los efraimitas (vv. 5-8). En esta narración la intervención de un profeta y la ayuda del pueblo israelita a los de Judá (vv. 9-15) son determinantes para paliar los efectos de la derrota; no hubo grandes quebrantos. De todo esto se deduce la predilección divina a favor de los judíos y la certeza de que nunca llegarán a ser esclavos de nadie a pesar de que sus reyes sean impíos y merezcan severos castigos.

La alianza de Ajaz con los asirios es, si cabe, más humillante (v. 19) porque en vez de ayudarle asediaron Jerusalén y exigieron grandes tributos. No hubo desgracias personales, pero se cometieron en el Templo las idolatrías más vergonzosas (v. 23) y las profanaciones más horribles hasta llegar incluso a clausurar el Templo (v. 24).

En la interpretación religiosa que el libro de Crónicas hace de la historia, éste es el momento más crítico porque llegó a ponerse en peligro la dinastía davídica y la permanencia del Templo, es decir, la identidad misma del pueblo.

En el v. 19 se llama a Ajaz «rey de Israel», aunque la versión griega corrige «rey de Judá». El Cronista está más atento a presentar a Israel como un solo reino que a la exactitud histórica.

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